Retrospectiva: Béla Tarr
Fuente: Euronews.com
El cine de Béla Tarr ha influenciado gran parte del cine de autor latinoamericano contemporáneo. Su huella puede rastrearse en películas como La libertad (2001) y Los muertos (2004), de Lisandro Alonso, donde la duración, el silencio y la observación del trabajo cotidiano convierten el paisaje en una experiencia temporal; o en Japón (2002) y Luz silenciosa (2007), de Carlos Reygadas, que llevan esa contemplación hacia una dimensión más espiritual y sensorial. En el Perú, esta sensibilidad también puede encontrarse en los primeros trabajos de Farid Rodríguez Rivero, especialmente Una semana con pocas muertes (2013) y Expectante (2018), donde los planos prolongados y la atención a personajes y espacios cotidianos privilegian la atmósfera y la percepción por encima de la progresión dramática convencional. No es casual que Rodríguez haya incluido Sátántangó entre sus películas favoritas en la encuesta de Sight and Sound. La influencia de Tarr puede entenderse, entonces, menos como una estética cerrada que como una liberación: la posibilidad de comprender que una película no necesita avanzar constantemente para construir significado.
Fotograma de Sátántangó (1994)
Sátántangó es probablemente el ejemplo más radical de esta concepción. Sus casi siete horas de duración siguen a los habitantes de una comunidad agrícola en decadencia que, tras recibir la noticia del regreso de un hombre al que creían muerto, depositan en él la esperanza de una posible salvación. Tarr convierte este argumento en una experiencia sobre la espera, la manipulación y la fragilidad colectiva, dilatando los acontecimientos hasta que el tiempo parece convertirse en el verdadero protagonista.
Sátántangó se proyectó el 9 de agosto en la Sala Azul del CCPUCP, a las 3:00 p. m.
Si Sátántangó representa la expansión máxima de su concepción temporal, Werckmeister Harmonies encuentra una forma más concentrada de explorar preocupaciones similares. La llegada de un circo a un pueblo aislado, acompañado por una ballena gigantesca y la figura misteriosa del Príncipe, desencadena una creciente sensación de caos y violencia. Pero Tarr está menos interesado en el acontecimiento extraordinario que en observar cómo una comunidad reacciona frente a él. La película convierte la irrupción de lo desconocido en una parábola sobre el miedo colectivo, el poder y la facilidad con la que una sociedad puede abandonar cualquier noción de orden. Sus extensos movimientos de cámara y su fotografía en blanco y negro hacen que el pueblo parezca suspendido fuera del tiempo, mientras sus habitantes avanzan lentamente hacia una violencia que parece inevitable.
Werckmeister Harmonies se proyectará el 13 de agosto en la Sala Roja del CCPUCP, a las 3:30 p. m.
Hay, además, algo profundamente político en el cine de Tarr que suele perderse cuando su obra se reduce a sus características formales. Los planos largos, los movimientos de cámara y la lentitud no funcionan como simples ejercicios de estilo, sino como una manera de observar las estructuras que determinan la vida de sus personajes. La pobreza, el aislamiento, la desesperanza y la manipulación política aparecen sin necesidad de discursos explicativos. En Sátántangó, la comunidad se encuentra atrapada en un sistema del que parece imposible escapar; en Werckmeister Harmonies, la llegada de una figura carismática revela la fragilidad de ese mismo orden. Tarr no necesita acelerar la violencia porque su cine entiende que la verdadera tragedia está en observar cómo esta se construye lentamente.
Fotograma de Werckmeister Harmonies (2000)
Su última película, El caballo de Turín, lleva esta concepción hasta sus últimas consecuencias. Inspirada libremente en una anécdota relacionada con Friedrich Nietzsche, la película reduce progresivamente el mundo a una rutina elemental compartida por un padre y su hija. Comer, vestirse, sacar agua, alimentar al caballo: las acciones se repiten mientras la luz desaparece y el paisaje parece acercarse lentamente a su final. Lo extraordinario de Tarr es que consigue convertir esos gestos mínimos en una experiencia de dimensiones casi cósmicas. El tiempo deja de ser una herramienta narrativa y se transforma en una fuerza que desgasta los cuerpos, los espacios y, finalmente, la posibilidad misma de continuar.
El caballo de Turín se proyectó el 11 de agosto en la Sala 6 del Cineplanet Alcázar, a las 9:40 p. m.
Esta retrospectiva adquiere además un significado especial tras la muerte de Tarr en enero de 2026. Su filmografía, compuesta por apenas nueve largometrajes a lo largo de más de tres décadas, demuestra hasta qué punto la radicalidad cinematográfica no depende de la cantidad, sino de la capacidad de desarrollar una concepción coherente del mundo. Desde el realismo social de sus primeras películas hasta la abstracción metafísica de sus últimos trabajos, Tarr construyó una obra atravesada por la decadencia, la espera y la imposibilidad de escapar de las circunstancias que determinan nuestra existencia.
El 30.º Festival de Cine de Lima recupera así tres de sus obras fundamentales para recordar que el legado de Béla Tarr no está únicamente en sus célebres planos secuencia ni en la duración extrema de sus películas. Está, sobre todo, en haber demostrado que el cine puede detenerse y seguir avanzando; que un gesto cotidiano puede contener una tragedia entera; y que observar a un personaje caminar durante varios minutos puede decir tanto sobre su mundo como cualquier diálogo. En una época cada vez más dominada por la velocidad, volver a Tarr supone también recuperar la posibilidad de mirar.
Fotograma de Turin Horse (2011)

