Parallel Tales: la ficción como forma de intrusión
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Asghar Farhadi se aleja un poco de su temática que venía siendo una constante: los dilemas morales que estallan dentro de una familia o pareja de clase media, casi siempre enmarcados en un conflicto social o judicial. Para entrar de lleno en una historia entrelazada que parte con Sylvie (Isabelle Huppert), una novelista ermitaña con un fetiche voyeurista que toma de inspiración lo que pasa en los apartamentos frente al suyo y con un telescopio vigila un departamento en particular donde trabaja Nicolás (Vincent Cassel), Nita (Virginie Effira) y Theo (Pierre Niney). Los tres realizan el sonido artificial para proyectos audiovisuales. Nita se encarga de la parte más artesanal, fabrica el sonido con materiales. Y Theo y Nicolás lo editan/mezclan para que calce en la grabación. Es un acercamiento a un trabajo dentro de la industria que capaz en mi caso había pasado desapercibido, pero en esta película me gustó cómo le dedica buena parte del tiempo a filmar cómo se produce el sonido en el medio audiovisual.
La película inicia con un robo en el metro. Una señora está caminando al metro cuando es bolsiqueada por una joven, en eso, otro joven que está por ahí, Adam (Adam Bessa), logra atrapar a la pickpocket y la fuerza a devolver la billetera que sustrajo de la señora. La señora, Laurence, en agradecimiento y además porque vio que la policía del metro lo agarró de sospechoso decide en retribución ofrecerle un trabajo. Esto nos conecta con la historia de Sylvie, pues Laurence es sobrina suya y se iba a mudar de su departamento para venderlo junto a ella. Entonces llama a Adam para que ayude a Sylvie a mover sus cosas. Sylvie está escribiendo una nueva novela basada en lo que pasa en frente de su departamento con los sonidistas.
El personaje de Adam es clave, pues llega a remecer las historias de todos. Sylvie espía a diario a sus vecinos sonidistas y en su mente deja volar su imaginación para su novela: en ella Nita se llama Anna, y es una mujer que se encuentra en una relación con Theo (en su novela Christopher), a quien le es infiel con Nicolás (en la novela, Pierre). En la novela, Pierre y Christopher son colegas, y Christopher, al enterarse, decide llevar a Pierre a un sitio descampado y tratar de asesinarlo por los celos.
Pero esa no es la única subtrama que Sylvie imprime en la historia nueva. También mete su propio trauma de infancia: de niña, su papá se suicidó porque su mamá se fue con otro hombre, y esto también sucedió desde el apartamento de enfrente. Es decir, la novela no es solo un ejercicio de imaginación sobre lo que ve; es también una forma de reescribir su propia historia usando a la gente que espía como vehículo.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Hasta ahí es lo que Sylvie tiene escrito. El voyeurismo la tiene consumida: no limpia su apartamento, está con la misma ropa y hasta hay ratas habitando con ella. Se le hace difícil completar la historia. Un día decide salir para que su editora le revise el avance, y esta (Catherine Deneuve) la basurea: le dice que no es como hablan o se comportan las personas reales, y es que Sylvie está tan encerrada en sí misma y en la idea de lo que pasa que pierde la noción de la realidad. Ella se emborracha después, y es ahí donde Adam, que trabaja con ella todos los días, decide leer su manuscrito. Es ahí también donde la historia atrapa también a Adam.
Adam se lo toma tan en serio que agarra la manía de seguir a Nita a todo sitio, y hasta llega a amenazar a Pierre por creer que efectivamente él estaba engañando a Theo saliendo con su mujer. La realidad no es esa: Nita y Pierre están en una relación y hasta ese punto no pasaba nada con Theo. Sin embargo, al interferir Adam y acercarse con cautela a Nita haciéndose pasar por escritor, le entrega el manuscrito. Ella lo lee y se da cuenta de que los personajes son ellos tres. El quiebre entre el trío llega cuando los tres terminan leyendo esta historia robada de Sylvie y se empiezan a sugestionar: Nicolás, sobre todo, empieza a desconfiar de ambos, y Theo empieza a ver a Nita con otros ojos. El cliché de que “el arte imita a la vida” se invierte: acá es la vida la que termina imitando al arte.
Lo de Sylvie es voyeurismo en el sentido estricto: espía a gente que no sabe que la observan, con un telescopio. Pero es un voyeurismo pasivo: ella mira a la distancia y transforma lo que ve en ficción, sin nunca interactuar con el objeto de su mirada. Adam, en cambio, cruza esa raya: pasa de lector del manuscrito a agente que interviene directamente en la vida de las personas reales que inspiraron la historia. Ahí es donde el voyeurismo pasivo de ella se convierte, en él, en una intrusión activa.
Los dos, además, caen en un rol casi de madre e hijo. Sylvie es la autora que "engendra" la historia pero ya no puede (o no quiere) terminarla, encerrada y consumida por su propio voyeurismo. Adam termina heredando esa historia como un legado: cuando ella se la regala, no es solo un traspaso de papel, es un traspaso de mirada. Le pasa su forma de ver el mundo —observar, ficcionalizar, invadir— y él la lleva a un lugar que ella nunca se atrevió a pisar.
Ahí es donde entra el paralelo con el trabajo de sonido, que para mí es una idea interesante que cruza la película: los sonidistas fabrican ruidos artificiales que terminan sonando más reales que la realidad grabada. Sylvie inventa personas de ficción basadas en gente real. Y Adam termina inventando una trama real basada en una ficción. Los tres oficios parten del mismo gesto: tergiversar algo para que suene o parezca verdad. La diferencia es que Nita, Theo y Nicolás lo hacen con materiales inertes, y Sylvie y Adam lo hacen con personas.
Buena parte de por qué me gustó la película pasa por esto último: pocas veces se filma con tanto detalle el proceso de construir sonido para cine, y que la trama lo use como espejo de lo que hacen los personajes con la realidad de otros le da una capa que no esperaba encontrar.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Otro eje de la película es la soledad, más allá del voyeurismo. Sylvie, Adam y la misma Nita son personas solitarias, cada una a su manera. Nita es la que está en el centro de un triángulo amoroso, pero al final resulta ser la más sola de todas: nos damos cuenta de que Pierre no la ama lo suficiente y que Theo, consumido también por la historia, termina siendo un patán que intenta forzarse con ella. Pierre, encima, no la protege. Y hay un detalle que le suma incomodidad a todo esto: Theo y Pierre, en la dimensión de la "realidad", son hermanos.
Vale la pena decir también que son personajes bastante delusionales, atrapados en el acto de observar en vez de vivir. Sylvie y Adam son los protagonistas de sus propias historias, pero desde afuera sus vidas podrían parecer aburridas o vacías para cualquier espectador ajeno. En lo personal, me sentí identificada con eso en algún punto: esa sensación de mirar la vida un poco desde una ventana hacia afuera, como observadora antes que protagonista.
En general sentí que todos dieron buenas interpretaciones, sobre todo el trío que termina cargando un doble papel: el de la ficción de Sylvie y el de la ficción de Farhadi. Ahí destacan Virginie Efira y, como siempre, Isabelle Huppert, que da una buena performance de una mujer anciana ermitaña malhumorada, frustrada y deprimida.
Se ha criticado mucho esta película, y creo que en su mayoría la consideran una decepción de Farhadi, o que no está a la altura a pesar de tener un buen elenco. Para muchos es un despropósito, y sinceramente no termino de entender por qué, porque mientras más lo pienso más capas le voy encontrando: lo del voyeurismo, la soledad, las apariencias, el arco de soltar o robar una historia. A mí no me aburrió, todo lo contrario, sentí que me metía en una especie de trance, absorbida por el ritmo contemplativo con el que Sylvie observa y los sonidistas trabajan. Y de despropósito tampoco la siento: encontrarle tantas capas me parece más bien evidencia de que hay algo pensado detrás, aunque venga envuelto en un registro más cercano al melodrama que al cine "serio" que se le suele asociar a Farhadi. Quizás para la crítica resultó demasiado obvio o esperable, no sé. Honestamente creo que parte del rechazo tiene que ver con que es un cambio muy radical de registro, aunque en el fondo esté adaptando una historia corta de Kieślowski. A mí, en general, me gustan esas películas, esos dramas con esa vuelta melodramática. Me pareció simpática, y me sorprendió encontrarle tantos detalles entrelazados. En sí, me pareció bien hecha.
De todas las capas que le encontré, la que más se queda conmigo es la del tema de fondo: romper la barrera de solo observar, de vivir la vida de otros en vez de la propia. El arco de Sylvie pasa por soltar la obra, esa novela la tenía enferma, literalmente, encerrada entre ratas y sin poder terminarla y dejarla ir es lo que finalmente la libera. El de Adam va al revés: él sí cruza al otro lado y se vuelve escritor. Hay además una ironía en su arco, que la película ya deja plantada desde el inicio: cuando atrapa a la pickpocket, la policía llega pensando que el ladrón es él, no ella, las apariencias jugándole en contra desde el primer minuto. Y termina, efectivamente, convertido en un ladrón: se roba la historia de Sylvie para hacerla suya. Y el gesto con el que cierra la película, acercarse a una mujer, esta vez la pickpocket del inicio, de la misma manera en que se acercó a Nita deja la sensación de que quizás no rompe del todo con el patrón de Sylvie: ahora hace arte en vez de solo espiar, pero sigue entrando a la vida de alguien a través de una historia.

