Fjord (2026): la avalancha de la intolerancia

★★★☆☆
RATING 3 / 5

Fuente: 30 Festival de Cine de Lima

Título FJORD
Duración 146M
País Rumania, Francia, Noruega, Suecia, Dinamarca
Año 2026
Dirigido por Cristian Mungiu
Cast Sebastian Stan como Mihai Gheorghiu, Renate Reinsve como Lisbet Gheorghiu

¿Realmente somos tan buenos como decimos ser? En una época donde determinadas sociedades consideran haber avanzado considerablemente tanto en sus ideas como en su manera de observar el mundo, resulta fácil colocarse sobre un pedestal y asumir cierta autoridad para decidir quién anda derecho y quién anda chueco. Esa forma de entender la realidad ha perdurado con el paso de los años hasta llegar a un punto en el que también cabe cuestionarla. ¿Hasta qué punto esa percepción puede terminar siendo tan limitada y maniquea como la de quienes constantemente se señalan por ser cerrados de mente o intolerantes? ¿Pueden quienes se dicen liberales caer en lo mismo que pretenden combatir, al sentirse moralmente superiores a quienes piensan diferente?

El año pasado hubo dos películas que, desde perspectivas diferentes, pusieron esas nociones en tela de juicio: Eddington (2025), de Ari Aster, y Cacería de brujas (After the Hunt, 2025), de Luca Guadagnino. Bajo mi percepción, ambas lo hicieron de una manera inteligente y resultaron sorprendentemente logradas, especialmente considerando que ninguno de sus directores es santo de mi devoción. La recepción, sin embargo, estuvo lejos de ser unánime. Para muchos terminaron siendo trabajos menores dentro de las filmografías de realizadores que ya habían conseguido cierto respeto dentro de la industria. Parte de las discusiones alrededor de ambas surgieron justamente de su voluntad de cuestionar determinados valores progresistas: desde la certeza de estar haciendo siempre lo correcto durante una situación como una pandemia hasta la capacidad de destruir la carrera de una persona a partir de una acusación cuya propia naturaleza puede hacer que resulte inmediatamente creíble, pese a todos los matices que puedan existir alrededor.

Curiosamente, esas películas no encontraron el mismo respaldo que este año sí recibiría Cristian Mungiu con Fjord, largometraje que terminaría otorgándole la Palma de Oro en el Festival de Cannes. El filme nos traslada a un pequeño pueblo de Noruega al que llega la familia Gheorghiu, formada por Mihai (Sebastian Stan), de origen rumano, y Lisbet (Renate Reinsve), noruega, junto con sus cinco hijos. Entre ellos se encuentran Elia (Vanessa Ceban), la mayor, Emmanuel (Jonathan Ciprian), otros dos niños y un bebé nacido recientemente. La familia se instala en el lugar de origen de Lisbet y comienza a relacionarse con sus vecinos, Mia (Lisa Carlehed) y Mats (Markus Tønseth), quienes también tienen una hija llamada Noora (Henrikke Lund-Olsen). Lo que inicialmente parece una integración relativamente tranquila empieza a resquebrajarse cuando el personal de la escuela descubre moretones en el cuerpo de Elia y surge la sospecha de que podrían estar relacionados con un castigo físico que recibió de sus padres.

Fuente: 30 Festival de Cine de Lima

A partir de ese momento, la familia corre el riesgo de disolverse y comienza una lucha para evitarlo, atravesada además por las diferencias asociadas tanto con su procedencia como con la fe que profesa. Los Gheorghiu pertenecen a un entorno profundamente religioso y ahora se encuentran instalados en una sociedad laica que suele ser percibida como más progresista. Esa distancia resulta fundamental porque coloca frente a frente dos maneras de entender la familia, la educación y la convivencia. Lo que inicialmente podía presentarse como una historia sobre la adaptación a un nuevo entorno empieza a transformarse en una confrontación entre sistemas de valores que, conforme avanza el relato, parecen cada vez más difíciles de conciliar.

No me considero un gran conocedor de la obra de Mungiu. Mi acercamiento a su cine comenzó hace algunos años con R.M.N. (2022), una película que ya abordaba un choque cultural semejante entre aquello que puede entenderse como tradicional e incluso retrógrado y unas visiones que se consideran más modernas. Fjord recupera parte de esas tensiones y las traslada a Noruega, haciendo todavía más visible la distancia entre el entorno cultural de Mihai y el espacio en el que ahora intenta integrarse junto con su familia.

El director comienza trabajando esa confrontación mediante una puesta en escena que evita los primeros planos y privilegia una visión panorámica de los acontecimientos. La cámara mantiene cierta distancia y permite observar cómo se desarrollan simultáneamente las relaciones entre los personajes, evitando inicialmente conducir al espectador hacia un bando específico. Podemos atender a la manera en que los padres se relacionan con sus hijos, cómo estos interactúan con los demás niños y, posteriormente, cómo Mihai y Lisbet se desenvuelven dentro de sus respectivos trabajos. En el caso del primero, esa distancia sirve además para remarcar su condición de extraño y de forastero dentro de un lugar que, al menos durante sus primeros días, parece recibirlo con los brazos abiertos.

Precisamente allí surge una de las preguntas más interesantes de la película. Si estamos hablando de una sociedad que se considera más avanzada y abierta hacia otras culturas, ¿qué ocurre cuando la cultura recibida conserva costumbres y formas de entender la vida que resultan incompatibles con aquello que esa misma sociedad considera aceptable? ¿Hasta dónde puede llegar la tolerancia cuando aparecen formas de disciplina o concepciones propias de la llamada familia tradicional que ya no tienen cabida dentro de un mundo progresista que considera haber superado esas ataduras arcaicas? Mungiu instala inicialmente el conflicto en esa contradicción y evita ofrecer una respuesta inmediata, permitiendo que las tensiones se acumulen mientras conocemos las dinámicas de los personajes.

Fuente: 30 Festival de Cine de Lima

Una vez establecidos el espacio y las relaciones, todo comienza a prepararse para que llegue una gran avalancha, una imagen que la propia película convierte en algo literal debido a la cercanía del pueblo con una montaña y a las constantes amenazas de que ocurra una. Algo similar sucedía en Fuerza mayor (Turist, 2014), de Ruben Östlund, donde la avalancha quebraba la aparente estabilidad de una familia y terminaba revelando aquello que sus integrantes podían mantener oculto mientras nada alterara su cotidianidad. En Fjord, esa misma imagen adquiere una dimensión más social, con la verdadera avalancha comenzando cuando el conflicto alrededor de los Gheorghiu obliga a los habitantes del lugar a revelar hasta dónde llega realmente la tolerancia que parecían profesar.

A diferencia de películas como Anatomía de una caída (Anatomy of a Fall / Anatomie d'une chute, 2023), de Justine Triet, o The Hunt (Jagten, 2012), de Thomas Vinterberg, que también trabajan alrededor del poder de la verdad y de actos cuestionables cuya interpretación puede modificar por completo la percepción sobre una persona, aquí los acontecimientos parecen presentarse con mayor claridad y dejan menos espacio para la incertidumbre respecto de aquello que pudo haber sucedido. El interés de Mungiu parece encontrarse en otro lugar: descubrir la dimensión más oscura que puede ocultarse debajo de aquello que inicialmente parecía luminoso y amigable. La bienvenida que recibe la familia, al igual que las amistades establecidas por los niños, convive con instituciones que también poseen sus propios dogmas sobre cómo deben hacerse las cosas.

Es entonces cuando la idea de tolerancia empieza a adquirir otra dimensión. Si una institución considera que sus valores son los correctos, resulta inevitable preguntarse hasta qué punto estará dispuesta a tolerar una visión que los contradiga. Como ya ocurría en R.M.N., Mungiu parece interesado en observar el choque entre la individualidad y el poder arrasador de las instituciones. Aquí ese individuo posee además su propio colectivo: la familia. Los Gheorghiu forman una pequeña comunidad que progresivamente empieza a verse acorralada y amenazada por otra estructura mucho mayor. Durante este tramo, la puesta en escena y la incertidumbre respecto de quién puede ocupar realmente el lugar del bueno o del malo consiguen otorgarle una humanidad particularmente interesante al conflicto.

Los planos amplios contribuyen bastante a ello. Mungiu los prolonga y permite que la tensión aumente mientras las máscaras de los personajes empiezan a caer. En lugar de indicarnos mediante primeros planos quién merece nuestra empatía, inicialmente deja que observemos las relaciones y saquemos nuestras propias conclusiones. La cinta encuentra así una forma cinematográfica coherente con aquello que quiere discutir: si su preocupación consiste en cuestionar la facilidad con la que juzgamos a los demás desde una supuesta superioridad moral, la cámara también debe resistirse a dictarnos inmediatamente cómo interpretar cada posición.

El problema es que esa complejidad termina siendo efímera. Cuando la institución noruega intensifica su búsqueda por determinar si los padres deben ser castigados por sus acciones y por unas creencias que aparentemente ya no tienen cabida dentro de ese mundo moderno, Fjord comienza a volverse mucho más reiterativa. Lo que inicialmente surgía de las relaciones entre los personajes y de la propia disposición de la cámara empieza a explicitarse con demasiada insistencia. Al mismo tiempo, la potencia visual que había conseguido acumular se diluye. Esos planos amplios que antes permitían que la tensión creciera progresivamente terminan convirtiéndose por momentos en composiciones más torpes, como si la película perdiera claridad respecto de aquello que realmente quiere filmar o dejar fuera de campo.

Fuente: 30 Festival de Cine de Lima

Con ello también comienza a desaparecer la humanidad que inicialmente poseían los personajes. Lo que había empezado como una confrontación entre distintas formas de entender el mundo termina acercándose demasiado a una oposición entre los religiosos indefensos y los liberales malvados, incapaces de concebir una realidad que no coincida con la suya. La crítica que surge de allí puede ser perfectamente válida, ya que, si realmente queremos creer que vivimos dentro de sociedades democráticas, también debería existir la posibilidad de preguntarnos si el camino que hemos tomado es siempre el correcto y si existe siquiera un mínimo espacio para la autocrítica dentro de aquello que consideramos progresista.

Parte de lo retador que puede ofrecer el cine consiste en acercarnos a una representación que contradiga aquello que creemos y preguntarnos qué podemos extraer de ella, sin reducir inmediatamente lo observado por no coincidir con nuestra manera de pensar. Hasta ese punto, Fjord conserva un valor considerable. Mungiu se atreve a cuestionar una serie de certezas contemporáneas y a plantear que una sociedad convencida de su propia tolerancia puede encontrar rápidamente sus límites cuando aquello que debe tolerar entra en conflicto directo con sus valores.

Por ese motivo resulta decepcionante que, en lugar de profundizar en esos costados más punzantes y tirarse al barro para sacar lo peor de ambos lados, la película parezca retroceder, convirtiendo a sus personajes en caricaturas pobremente dibujadas. Aquella voluntad de incomodar se vuelve más timorata y el conflicto pierde buena parte de la ferocidad que parecía anunciar. Si el objetivo inicial era observar cómo dos sistemas de valores podían revelar sus contradicciones al enfrentarse directamente, resultaba necesario conservar la complejidad de ambos. Mungiu, en cambio, comienza a simplificarlos justo cuando necesitaba llevarlos hasta sus últimas consecuencias.

A ello se suma que el filme continúa prolongándose después del punto en el que parecía haber encontrado el momento preciso para que todo cayera por su propio peso. Surgen entonces situaciones que se acercan a un registro mucho más artificioso e incluso telenovelesco, especialmente a través de determinada información relacionada con los hijos de ambas familias. También adquiere relevancia el vínculo que Lisbet establece con el suegro de Mia. Debido a su trabajo como enfermera, ella se ocupa de este hombre, incapaz de moverse y necesitado de cuidados. Esa relación podría haber servido para profundizar en la posición de Lisbet como alguien situada entre dos mundos y en la dificultad de decidir qué hacer cuando ninguna alternativa resulta sencilla, pero esa línea tampoco termina encontrando una resolución satisfactoria.

Por eso regreso inevitablemente a la comparación planteada al comienzo. Resulta curioso que películas como Eddington y Cacería de brujas, ambientadas en Estados Unidos, se mostraran para mí más dispuestas a ser incómodas y a llevar sus cuestionamientos hacia terrenos arriesgados, incluso si esa apuesta terminó generando rechazo entre buena parte del público. Este largometraje, situado en una sociedad europea donde los valores que cuestiona parecen tener una presencia especialmente fuerte, ha encontrado una recepción mucho más celebratoria. Quizá esa diferencia permita abrir otra discusión, aunque también forma parte de las dudas que me deja una película que comienza planteando preguntas incómodas y prometiendo observarlas sin respuestas fáciles.

Mi insatisfacción con Fjord, entonces, no proviene de aquello que decide cuestionar. Al contrario, buena parte de mi interés nace de su voluntad inicial de poner en duda la superioridad moral que una sociedad puede atribuirse y preguntarse hasta dónde llega realmente la tolerancia cuando debe enfrentarse a aquello que considera intolerable. El problema está en que Cristian Mungiu parece perder confianza en la complejidad que él mismo había construido. La avalancha finalmente llega, solo que, en lugar de arrasar con las certezas de ambos lados, termina llevándose consigo buena parte de los matices que habían hecho tan estimulante el recorrido hasta ese momento.


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