La Vie D’une Femme: una crisis de identidad a medio contar
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Gabrielle (Léa Drucker) es cirujana maxilofacial, jefa en su hospital, workaholic hasta la médula, de esas que priorizan el trabajo por sobre todo y esperan lo mismo de sus colegas. Está en esa edad, unos 50 años, donde empieza a cuestionarse quién es, justo cuando todo alrededor se le empieza a mover: su madre con alzheimer en un estado ya crítico, su matrimonio en piloto automático, y de fondo un esposo relegado sin que ella termine de notarlo. Hasta que aparece una novelista con la que tiene un affaire y que la obliga a bajarle el ritmo a todo.
La película usa title cards que van separando la historia según los síntomas de lo que le pasa a Gabrielle, y esa fue la parte que menos me convenció. Entiendo la lógica: si ella solo sabe procesar la vida en términos de diagnóstico, que la narrativa también se le imponga como un cuadro clínico tiene sentido temático. En la práctica, sin embargo, se siente más ilustrativo que necesario, como si no confiara en que la actuación de Drucker ya lo estaba diciendo todo.
Léa Drucker es una gran actriz y aquí no es la excepción. Lo que más termina funcionando es el cruce entre lo que hace Gabrielle, reconstruir rostros, y el tema de la identidad: su trabajo consiste literalmente en volver a armar quién es alguien después de que algo se rompió, y ella nunca aplica esa lógica a sí misma hasta que es casi tarde. Ahí la película alcanza algo genuinamente filosófico que no necesita subrayado.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
El problema es que se siente larga y lenta, casi al ritmo de la propia Gabrielle, un personaje tan contenido que hasta su crisis es medida, sin desborde. Las escenas sexuales con Frida terminan siendo el único momento donde esa contención se rompe de verdad, como si el cuerpo dijera lo que todo el discurso racional de la película no se anima a decir.
El final no cambia nada: Gabrielle se conforma con quedarse con su esposo, tanto como él se conformó con ella todo este tiempo. No queda claro si llegó a enamorarse de Frida, pero sí es evidente que le duele que la deje, porque con ella se había permitido, por primera vez, dejar de lado el trabajo. Ese hueco entre lo que sintió y lo que finalmente elige es quizás el gesto más honesto de la película: no hay redención ni castigo, solo alguien que prueba otra forma de estar en el mundo y termina, de todas formas, volviendo a la de siempre. Se nota que a Bourgeois-Tacquet le interesa retratar la feminidad en distintas etapas de la vida, algo que ya había explorado en Anaïs in Love y que aquí aborda desde otro momento vital, lo cual es un enfoque valioso. Sin embargo, el ritmo de esta película en particular no terminó de funcionarme: vale la pena por Drucker y por su reflexión de fondo sobre la identidad, aunque el paso lento y la fórmula de segmentar por partes jueguen en contra.

