Siempre soy tu animal materno: aprender a habitarse
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Cada integrante de una familia construye una mirada distinta sobre los demás porque las relaciones que establece con cada uno nunca son exactamente iguales. También cambia su manera de entender el mundo. Durante cierta etapa de la vida esas diferencias pueden parecer menores debido a la convivencia cotidiana, siendo recién con el crecimiento, las nuevas experiencias y las personas con las que nos relacionamos lo que termina modificando nuestra forma de pensar. Con ello también cambia la percepción que tenemos de quienes consideramos nuestros seres queridos. Cuando ese vínculo es familiar, juzgar a la otra persona se vuelve mucho más complicado, incluso cuando existan motivos para hacerlo.
Ahí surge una pregunta importante: si advertimos que alguien cercano está tomando un camino equivocado, ¿cuál debe ser nuestro papel? ¿Somos parte del problema o quienes deben intentar solucionarlo? Y, si creemos que debemos intervenir, ¿desde qué lugar hacerlo? ¿Hay que ponerse al mismo nivel de la otra persona o asumir una supuesta superioridad moral para corregir aquello que consideramos un error? Son precisamente esas dudas las que Valentina Maurel explora con enorme sensibilidad en Siempre soy tu animal materno, su segundo largometraje.
Después de Tengo sueños eléctricos (2023), donde ya se percibía un interés por las relaciones familiares y por la manera en que estas trascendían las palabras, la cineasta vuelve sobre preocupaciones similares. En aquella cinta bastaban pequeños gestos para entender que la distancia entre un padre y una hija podía acortarse, aunque fuera solo durante un instante, cuando existía una comprensión mutua. Aquí, en cambio, el conflicto se expande. Ya no se trata únicamente de un vínculo entre dos personas, sino de toda una familia que parece incapaz de encontrarse consigo misma.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
La protagonista es Elsa (Daniela Marín Navarro), la hija mayor, quien regresa a Costa Rica después de pasar un tiempo en Bélgica. Apenas vuelve descubre que la dinámica familiar se encuentra completamente fracturada. Sus padres, Isabel (Marina de Tavira) y Nahuel (Reinaldo Amien), están separados y atraviesan sus propias crisis. Isabel enfrenta la reedición de un libro de poemas que escribió durante su juventud, experiencia que despierta en ella un conflicto con su propia imagen y con la sensación de haber sacrificado parte de sí misma durante la crianza de sus hijas. Nahuel, por otro lado, intenta llenar un vacío afectivo relacionándose con mujeres mucho más jóvenes. Mientras tanto, Amalia (Mariangel Villegas), la hija menor, continúa viviendo en la antigua casa familiar, rodeada de personas que el resto considera una mala influencia.
Desde su llegada, Elsa experimenta un fuerte choque con la ciudad. A través de la voz en off de la pareja que dejó en Bélgica, se expresa lo que significa regresar a un lugar dominado por el caos y el movimiento constante, dejando en claro que Maurel convertirá nuevamente a la ciudad en un personaje fundamental. Las personas parecen desplazarse sin rumbo fijo, formando una gran masa que busca desesperadamente una estabilidad que ninguno de sus integrantes parece haber encontrado. Ese mismo estado atraviesa también a la familia. Cada uno intenta sostenerse como puede, aunque ninguno tenga realmente claro hacia dónde dirigirse.
En un primer momento parecería que Elsa está destinada a convertirse en la voz de la razón, aquella capaz de recomponer a un grupo familiar completamente roto. En una cinta más convencional probablemente ocuparía ese lugar. Sin embargo, la directora evita ese camino, dejando en evidencia lo quebrada que también está ella. Ha perdido parte de su sentido de pertenencia después de vivir en Europa y regresó convencida de que existe un único modo correcto de encauzar la vida. Cree que estudiar una carrera, seguir un camino definido y mantener cierto orden constituyen respuestas universales y es esa lógica la que intenta imponer sobre Amalia.
Grande será su sorpresa al ver que su hermana menor busca respuestas por caminos completamente distintos. Se refugia en un grupo de personas vinculadas con el bajo mundo, en distintas creencias esotéricas y en una espiritualidad que para Elsa parece carecer de sentido. También permanece aferrada al pasado, lo cual se evidencia con el vínculo que tiene con quien alguna vez fue la trabajadora del hogar de la casa de su familia, a quien llega a reconocer como una figura materna.
Es ahí donde encuentro uno de los aspectos más ricos de la película. Tanto Elsa como Amalia intentan encontrarse a sí mismas y descubrir cuál es su lugar dentro del mundo. Los padres, en cambio, persiguen algo diferente: recuperar aquello que creen haber perdido, aun cuando todavía permanezca frente a ellos. Esa diferencia termina organizando todos los conflictos del relato y evita que alguno de sus personajes pueda convertirse en la respuesta para los demás.
La situación resulta especialmente interesante en el caso de Isabel. Ella reniega constantemente de su propia maternidad porque siente que esta terminó arrebatándole parte de la mujer que alguna vez fue. La reedición de sus poemas juveniles reactiva precisamente ese conflicto. Cree que el deseo, el amor y la autonomía pertenecen únicamente a una etapa pasada de su vida. Maurel cuestiona con bastante fuerza esa idea tan extendida de que, una vez convertida en madre, una mujer debe abandonar por completo sus propios deseos para entregarse exclusivamente a su familia. La película demuestra que no tiene por qué ser así.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Por eso mismo considero acertado que el relato termine concentrándose sobre todo en las tres mujeres. Cada una vive una etapa distinta y entiende la feminidad desde lugares completamente diferentes. Amalia intenta llenar sus vacíos mediante personas y creencias que otros consideran equivocadas. Isabel busca reencontrarse con un deseo que cree perdido. Elsa, pese a seguir siendo joven, tampoco consigue conectar plenamente con el suyo. Incluso llega a confesar que necesita construir determinada imagen mental para alcanzar el orgasmo, revelando así que su conflicto también atraviesa el terreno más íntimo. Ninguna posee la respuesta correcta, pero todas intentan descubrir qué significa realmente sentirse plenas.
El filme entiende que muchas veces las personas actúan intentando cumplir expectativas ajenas y persiguiendo una falsa idea de unidad familiar, cuando quizá lo que verdaderamente necesitan es recuperar aquello más genuino que quedó relegado con el paso del tiempo. Lejos de ofrecer respuestas, Maurel observa cómo cada integrante intenta reconciliarse consigo mismo antes que con los demás.
La directora vuelve a demostrar, además, un notable dominio de la puesta en escena y la dirección de actores. Reserva los diálogos más explícitos para momentos muy concretos y permite que las imágenes expresen buena parte de aquello que los personajes callan. Los recorridos por la ciudad, ya sea caminando o en automóvil, muestran personas que parecen desplazarse sin rumbo, estableciendo un claro paralelo con la búsqueda de Elsa y Amalia, así como con el intento de Isabel por reencontrarse con aquello que siente perdido. Incluso la poesía, disciplina que ella practica, aparece como un posible espacio donde esas preguntas pueden empezar a encontrar alguna respuesta.
Es cierto que hacia el final la cinta se inclina ligeramente hacia una resolución más tradicional. Poco a poco va dejando atrás el tono más duro, ácido e irreverente con el que cuestionaba ciertos paradigmas contemporáneos alrededor de la feminidad para abrazar un registro más melancólico. Personalmente, creo que ese cambio le resta algo de fuerza a una propuesta que hasta entonces encontraba un equilibrio muy atractivo entre sensibilidad e incomodidad.
Aun así, Siempre soy tu animal materno termina siendo una propuesta muy sólida. La empatía con la que observa a sus personajes nunca deriva en condescendencia, sino que abraza el caos, las contradicciones y las imperfecciones de una familia que no necesita volver a unirse para encontrar la felicidad. Lo único que realmente necesita es que cada uno de sus integrantes logre estar bien consigo mismo.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima

