La Odisea: los héroes solo existen en la ficción
Fuente: Universal Pictures
Pocas obras han ejercido una influencia tan decisiva sobre la narrativa occidental como La Odisea. Más que un texto fundacional, el poema de Homero se ha convertido en una matriz de relatos que el cine ha revisitado una y otra vez, ya sea apropiándose de su estructura, reescribiendo sus personajes o trasladando su viaje a otros tiempos y geografías. Pienso en casos donde se ha tomado la libertad de reinterpretar La Odisea como en O Brother, Where Art Thou? (2000) de los hermanos Coen, La mirada de Ulises (1995) de Theo Angelopoulos o incluso en Bob Esponja: La película (2004) de Stephen Hillenburg. En una época dominada por estas nuevas miradas sobre clásicos, Christopher Nolan opta por un gesto inesperado: regresar al texto original. Sin embargo, esa aparente fidelidad es solo la superficie. Como el propio caballo de Troya, su adaptación esconde otra historia en su interior.
Bajo la épica del regreso de Odiseo, Nolan infiltra una reflexión sobre la guerra y, sobre todo, sobre quién tiene el derecho de contarla. La conquista deja de ser el centro del relato para convertirse en el punto de partida de una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando termina la batalla? Mientras la historia y los relatos de aquelos que profesan las batallas han preferido inmortalizar a los vencedores, La Odisea desplaza la mirada hacia aquello que permanece fuera de los monumentos y los relatos heroicos: la culpa, el duelo y las cicatrices invisibles de quienes sobreviven. El viaje de Odiseo deja de ser únicamente una travesía física para convertirse en el recorrido de un hombre incapaz de desprenderse de la violencia que ayudó a construir.
La puesta en escena responde a esa misma idea. Nolan no filma la guerra como un espectáculo de grandeza, sino como una experiencia profundamente desorientadora. Cuando abandona la necesidad de explicar, como siempre ha sido su talón de Aquiles en su cine, la película encuentra una fuerza extraordinaria: el estruendo de los gritos mezclado con el oleaje, el viento que ahoga las voces y una naturaleza que parece engullir a los personajes construyen un paisaje sonoro donde la confusión deja de ser un defecto para convertirse en la representación misma del trauma. Es allí donde el director recupera una de sus mayores virtudes: hacer que el espectador no contemple el conflicto desde una distancia segura, sino que lo experimente desde el desconcierto y la tragedia.
Fuente: Universal Pictures
No obstante, esa búsqueda convive con una contradicción que atraviesa buena parte de la película. Nolan intenta reconciliar la dimensión lírica de Homero con un naturalismo verbal que rara vez encuentra equilibrio. Los diálogos oscilan entre la solemnidad épica y un realismo contemporáneo que termina por desdibujar ambos registros. Resulta paradójico que un cineasta frecuentemente señalado por verbalizar demasiado sus ideas vuelva aquí a desconfiar del poder de sus imágenes. En más de una ocasión, los personajes explican aquello que la puesta en escena ya había conseguido transmitir, mientras algunas interpretaciones acentúan esa sensación de artificio. Cosa que creo que había pecado un poco en Oppenheimer y que acá se enreda más por la constante presencia de un casting estelar que, más que elevar la película, se incomunica la química entre varios de ellos. La película parece debatirse constantemente entre dejar hablar al mito o traducirlo para un espectador contemporáneo, y no siempre encuentra la medida justa.
Quizá por eso la mayor virtud de esta Odisea no reside en su fidelidad al poema, sino en su lectura política. Nolan entiende que el relato de Homero sigue siendo vigente porque la guerra también lo es. Los imperios cambian de nombre, las armas evolucionan y los discursos se modernizan, pero la necesidad de fabricar héroes continúa ocultando el costo humano de cada victoria. Su adaptación propone mirar el pasado para descubrir que nunca dejó de parecerse al presente. La conquista pierde entonces su carácter glorioso y revela aquello que siempre estuvo detrás de ella: hombres que regresan incapaces de volver realmente a casa.
Más que una película sobre héroes, La Odisea termina siendo una película sobre las consecuencias de creer en ellos. Porque si algo sugiere Nolan es que la historia nunca pertenece por completo a los vencedores; pertenece también a los sobrevivientes, aquellos que cargan con una guerra mucho después de que los combates hayan terminado.
Pudimos asistir a la función de prensa gracias Universal Pictures Perú. La Odisea tuvo su estreno en salas comerciales el 16 de julio del 2026.

