Dias de Santiago (2004): Un río desbordado

★★★★★
RATING 5 / 5

Dias de Santiago (2004)

Título Días de Santiago
Duración 83M
País Perú
Año 2004
Dirigido por Josué Mendez
Cast Pietro Sibille, Milagros Vidal, Marisela Puicón, Ricardo Mejía, Lili Urbina

Dirigida por Josué Méndez y protagonizada por Pietro Sibille hace 22 años, Días de Santiago se ha establecido como uno de los puntos más altos de nuestra historia cinematográfica nacional. No es noticia. Una vez me colé a una clase de Rodrigo Bedoya. “Si no es la mejor película peruana, pega en el palo”. Suscribo por completo. Entonces no la había visto y mi primer encuentro con Santiago fue antes de la pandemia en 2019. No nos volvimos a cruzar hasta el año pasado mediante un celuloide de 35mm en la Sala Azul del CCPUCP. Hace horas, motivo de este texto, revisité la película. Igual de hermosa que las veces anteriores. Las líneas siguientes son el desarrollo de algunos apuntes.

Escena inicial. Pantalla negra. Escuchamos la bulla de los carros, el sonido del metal. La ciudad ya existe y precede a Santiago (Sibille). La pantalla abre los ojos y vemos a Mari en blanco y negro, casi como un recuerdo, de lado y un poco de espaldas a nosotros. No quiere mirar a su pareja. Su moretón en el ojo ya nos explica todo. No hacen falta palabras. No podría haberlas, tampoco: Santiago es incapaz siquiera de mirarla. Los carros corren, los demás se mueven; ellos, quietos. Y de pronto, en el plano siguiente, regresa a una casa vacía, a color, pero profundamente solitaria y con apenas un concolón pegado a la olla. Al no haber comida en su casa, almuerza donde sus padres. Más allá del ojo de Mari, es quién le cocina a Santiago algo que también nos advierte de su relación con las mujeres, eje central de la cinta.

La madre le aconseja buscar trabajo. Algo ha de hacer con su vida. Santiago nos da la espalda y lo vemos caminar por Lima mientras da rienda suelta a su monólogo interno y su complejo de héroe. La cámara, como el, es inquieta (hasta inestable) y su pulso nos acerca a la paranoia y estrés postraumático del protagonista. “Allá lo único que querías era volver, pero vuelves y no puedes esperar más para que algo venga y te saque de todo”, piensa Santiago, muy similar a Benjamin Willard en Apocalypse Now (1979). Ese blanco y negro del inicio regresa, esa sensación de recuerdo son memorias de la guerra del Cenepa y le hacen pensar en que el enemigo anda al acecho en las calles, en los micros, en todos lados, hasta en su cabeza. De ahí a que se repitan primeros planos que nos introducen casi en la psiquis del personaje.

Dias de Santiago (2004)

Para Santiago todo tiene su orden. Sin embargo, su familia desayuna a los gritos. No es el único contraste: sus ganas de disciplina y armonía son expresadas mediante un flujo de conciencia enmarañado y revoloteado. Pareciera que a nadie le importa que el padre muestre gestos inapropiados con la hija menor, a quien sugiere usar ropa corta para atraer clientes a su bodega. Su hermano y su pareja discuten y se manotean. En medio del caos, Santiago come callado (no doble), pero no es solo su silencio lo que lo aparta de los demás, sino también la puesta en escena. Su amigo y ex compañero de guerra El Rata lo llama y cuando contesta, queda separado de la familia en los términos del plano. El Rata, entonces, representa la vida militar, justamente aquello que marca la distancia entre el protagonista y los demás.

No es coincidencia que una de las frases clave de la película sea dicha mientras observamos el cementerio polvoriento. “Me quiero largar, huevón”. El Rata no refiere a un lugar geográfico, sino a la vida en sí. Huir de todo lo que le aqueja. No hay lugar para los suyos. Los héroes de la guerra quedan relegados al olvido, al crimen, a la pobreza y abandono. Se reencuentran con otros militares de su promoción y hablan de sus planos a futuro mientras atrás de ellos sobresalen tumbas y nichos. Méndez parece divertirse (retorcidamente, al menos). Sandro, antiguo compañero de Santiago, le recuerda que fue el “hombre punta” (cabeza de patrulla), pero sus constantes palmadas nos aseguran que ya no es así. En la vida, en su familia, entre su promoción, Santiago es menos.

Sumado a lo anterior, es la formación militar lo que explica su inhabilidad de congeniar con mujeres. En su cabeza, son inferiores, son los sujetos a rescatar de las manos enemigas, sea en la selva o en el paradero del micro. Esa rectitud muchas veces fálica lo divide de la población femenina. La película nos dibuja la relación que lleva con todas las mujeres que aparecen en su vida. El ojo negro de Mari, la comida de la madre, la cuñada coqueta que hará más tarde de femme fatale, las chicas del instituto, etc. Incluso las secretarias a las que le pide información de los cursos. Doscientos soles. Se traba, habla torpemente y a nadie parece importarle su pasado en la Marina de Guerra del Perú. El sirvió a su país, pero este le da la espalda. “Se llama salvaje al río desbordado, pero no al cabrón que lo oprime”, reza una pared que traduce el estado mental del protagonista.

Dias de Santiago (2004)

“Hay que hacer algo, huevón”, contempla Sandro. “Tienes que resolver tu vida”, ordena el padre. El primero, sin saber, sigue la línea de la madre. En cambio, el segundo simplemente no quiere un militar en su casa (más tarde sabremos por qué). Ese hogar pareciera rechazar constantemente al protagonista y Méndez lo traduce con habilidad mediante su puesta en escena: Santiago pegado a la pared y todo en su contra, las sillas, ollas, jarras, plantas y su padre. La casa lo disminuye por completo y lo hace bajar la mirada que el padre pronto corrige. “Esa es la mirada de los machos”.

Ni bien El Rata se larga como había advertido, Santiago vuelve a ese lugar oscuro y solitario de su conciencia y memoria. La muerte de un compañero de batalla, la guerra del Cenepa. Allí, en su cabeza, se prepara para el enfrentamiento donde solo hay un bando y un combatiente: el mismo. “Me acuerdo de todo, todos los días. Y no me deja dormir. Ya quiero estar tranquilo”, le recrimina a Sandro. Entonces se entrega a ese vasto mar que contemplaban los otros militares retirados, aquel océano que se lleva todo y no deja nada. ¿También purifica las manchas de su pasado? ¿Los hombres, mujeres y niños que recuerda haber matado? Ahora el agua pareciera serle clemente. Y decide trabajar. Hay que hacer algo, huevón.

La aparición de golpe de las cuatro chicas (Andrea, Sandra, Rita y Jimena) que les gusta irse de fiesta a media tarde deviene en una de las escenas más icónicas del cine nacional. Santiago ve a cuatro mujeres “descontroladas” que “viven la vida” y decide poner orden en su casa, un régimen alimenticio que será la regla para Mari. Lo ensaya en soledad con vehemencia, pero cuando ella llega se voltea cual niño que esconde una travesura. Lo repite y practica porque así funciona su cerebro marcial: repite lo que dice, repite las rutas, los ejercicios, las camisas. “Todo tiene su orden, todo tiene su razón de ser. Sin orden nada existe. Yo soy el hombre, tú eres la mujer”. De vuelta con la división que produce la formación militar. Sin embargo, no es suficiente: la cabeza de patrulla, el hombre punta nada puede hacer frente a la mujer que lo domina simplemente con el verbo. Nada está bajo su control y mucho menos su orden.

Lo mismo sucede cuando ve que su hermano le pega a su cuñada. Se queda inmóvil. ¿No era el héroe que salvaba a las mujeres tal cual decía en el micro? Peor aún: el padre lee el periódico frente a la golpiza porque eso para el no es noticia. La indiferencia del jefe del hogar frente al abuso que sufre una mujer por parte de uno de sus hijos funciona como símil de lo que ocurre en el país (hasta hoy en día). En fin, Santiago le ofrece a su madre el dinero que Mari rechazó pues en su lógica despojada de afectos, esa es la manera de acercarse a una mujer. La madre lo sepulta: “ándate”. Me quiero largar, huevón.

Dias de Santiago (2004)

Santiago termina donde las cuatro chicas. El plano conjunto los acerca, pero la distancia en relación al lente los aleja. Luego la cámara los enfrenta: ellas delante de él. Cuatro versus uno. ¿Son el enemigo? Se dispone a analizar militarmente la discoteca cuando revela cómo ve realmente a las mujeres: “después escoges al fondo a una que se vea tranquila, sola. Alguien que quieras rescatar”. Sus pasos para sacarla a bailar no funcionan. Su repetición y orden no existen y son interrumpidos por una de las muchachas. La vida no es tal como el se la plantea. Sus reglas no tienen lugar en el mundo en que vive, por lo mismo que no puede comprar su refrigeradora en cuotas. “Discúlpenme, pero esas son las condiciones”, excusa el vendedor; es decir, así es la vida. La euforia del baile con las chicas se esfuma y en su lugar está el momento amargo con Mari. El dinero que con tantas ganas ahorró para hacerla feliz no sirve. En cambio, su monólogo interno es reemplazado por la bulla de la mujer que le reclama. La cachetada de la vida, Santiago se la replica a Mari.

Como reacción al golpe, el mar azul de la conciencia lo trae de nuevo a la tierra. Su cambio duró poco. Sale con las chicas, duerme en su auto, golpea a su cuñado. Cuando va a bailar no oímos la música de la discoteca sino unas guitarras: algo no cuadra, algo se ha roto. ¿Su relación con Mari? Méndez responde y coloca en el plano siguiente a Santiago y Andrea sonrientes en el auto de noche. No aparece solamente una mujer. Su cuñada lo espera en la cama con una propuesta propia del cine negro: hagamos el amor, pero mata a mi marido por mí. El deseo carnal de Santiago se confunde con su deber de eliminar a los malos elementos. De ahí a que golpee al amigo de Sandra que jala cocaína en el baño o intente aconsejar a las chicas sobre la vida.

El malentendido mayor ocurre cuando Andrea lo besa y le dice “enséñame tu pistola”.  Mari lo rechaza, las chicas lo ignoran y así como el plano lo relega al fondo de la imagen, la vida lo aparta al fondo de la sociedad. No hay lugar para él. Le muestra su arma a Andrea (tan peligroso como si hubiera sacado su metafórica pistola con una menor de edad) y todo está perdido. El río se desborda. Encañona a la muchacha, jalonea a su cuñada, su hermano le pega, todo explota. Todos gritan. De pronto, un hondo silencio. Santiago patea una puerta y revela la verdad: aparentemente a escondidas, pero dentro de la misma casa, un abuso imperdonable. ¿Otra vez metáfora del país? El hijo apunta al padre. Esa es la mirada de los machos. La madre grita: “¡vas a malograr tu vida” cuando ya hay otra vida malograda. Santiago duda.

Sin orden nada existe. La cámara se acerca a su cara y sus ojos desorientados. Algo pasa en su cabeza. Sin orden nada existe. En esa casa, ¿quién es el hombre y quién la mujer? Operan bajo sus propias reglas y la ley que busca imponer Santiago es inútil. Hay que hacer algo, huevón. Pero no hay nada que hacer. Su propio padre. Su propia hermana. Su misión es eliminar aquello que está mal y por eso se apunta a la cabeza. Me quiero largar, huevón. No puedes esperar más para que algo venga y te saque de todo. Doscientos soles, puta madre. Tres años, pucha mare’, qué hago. Doscientos soles. Vas a malograr tu vida. Cómete tu pan. El primer paso. Santiago. Santiago nos muestra su pistola. Santiago nos mira. El río se desborda. Pareciera ser que no todo tiene su orden ni mucho menos su razón de ser.

Dias de Santiago (2004)

"Algo venga y te saque de todo. Me quiero largar huevón. Ándate. Te saque de todo. Largar."


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Gustavo Vegas

Crítico de cine, comunicador audiovisual y fanático de las películas de vaqueros. Su primer cortometraje pasó por diversos festivales nacionales. Se encuentra trabajando en otro, desde la coescritura y codirección.

@corduroygos | @vicio.propio

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