Exit 8: El infierno detrás del infierno

Fuente: NEON

Pocas adaptaciones de videojuegos llegan a Cannes y, aunque ello no sea sinónimo de calidad, dice mucho de las intenciones detrás de la obra. Lejos del cash grab plagado de referencias o el espectáculo descerebrado, Exit 8 practica la austeridad formal en pos de un minimalismo propio del material de origen, con un carácter lúdico que parece invitarnos a identificar las anomalías en cada “nivel” y escapar del bucle junto al protagonista. El punto ciego, la respuesta que jamás será respondida, ¿cómo y por qué llegó ahí?

Ejemplo perfecto de una narrativa circular, el loop se advierte cuando un hombre (Kazunari Ninomiya) arriba a una estación de trenes subterránea. Sin nombre. Sin identidad. Solo sabemos que su novia está embarazada, que él la evade al otro lado del teléfono. De cámara subjetiva, esta primera secuencia nos coloca dentro del personaje, de esa indiferencia culposa que siente al escuchar los gritos de un oficinista contra una madre y su bebé. El nene llora. Él mira su reflejo. Se queda quieto. Sale del metro para luego desmayarse y perder la consciencia. Ha despertado. Sin señal. Sin internet. Está en la liminal Salida 8.

Aunque el resto del filme sigue las mecánicas planteadas por el indie game de 2023 (explicadas al pie de la letra), este valor referencial sirve a una metáfora mucho más significativa sobre la vida adulta contemporánea. Detalles aparte, la dinámica que propone el juego es la de un hombre adulto obligado a mirar sus alrededores, a sacar los ojos del celular y entregarse al mundo que lo rodea. Como una especie de prueba divina (casi un castigo moral por descuidar a su pareja), el hombre perdido encontrará en esa “realidad desconectada” una oportunidad para redimirse, para dejar el scrolling y el uso evasivo de audífonos (otra “realidad desconectada”, pero aceptada socialmente) por vínculos y principios más sólidos.

Fuente: NEON

A ello se suma el explícito discurso sobre la paternidad, el de vínculos humanos sobre deseos individuales. Si bien el protagonista tendrá comunicación limitada con su novia, queda claro que ese viaje surreal responde al debate interno entre asumir la responsabilidad sobre el nonato (presente en un niño perdido) o entregarse al mal conocido: el status quo. En términos del videojuego: el embarazo es la anomalía que ha surgido en su vida, una que él decide ignorar hasta que se ve obligado a enfrentarla simbólicamente.

La contraparte a este ideal se encuentra en el hombre que camina (Yamato Kochi), a quien conocemos como un NPC (Non Playable Character), un ser cuya identidad radica en su maletín y vestimenta formal, un esclavo del sistema en pocas palabras. Bien conocido es el estricto mundo laboral que se vive en oriente, uno sofocante, de intereses rara vez emocionales y shocks dopaminérgicos traducidos en pantallas. Un bucle en sí mismo. Una vez el filme realiza el cambio de perspectiva (un notable flashback de una sola toma), la identidad del bot se revela afín a este escenario: el adulto ocupado, ensimismado, apurado por salir. Viviendo en un infierno que la cinta asume verbalmente como status quo.

Con la dosis necesaria de tensión y crítica social, el segundo largometraje de Genki Kawamura se apropia del concepto videojueguil en un acertado comentario sobre la ruina laboral del mundo posmoderno, destaca más allá de esa fidelidad que tan tercamente se exige a las adaptaciones. Sin ser la sutileza su punto fuerte, son estos golpes directos de consciencia, emparejados con una ejecución sólida de las fórmulas genéricas, los que terminan habitando el pensamiento más allá de lo cinematográfico. Si se quiere, despertando un cambio en nuestros modos de vida


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