Algunos apuntes de cine erótico

Foto de ‘Belle Du Jour’ (1968) de Luis Buñuel | Fuente: Allied Artists Pictures

En mis épocas (hace algunos años nada más), Zoowoman era un punto de referencia cinéfilo donde uno descubría otros cines (como el de Tinto Brass). Tuve ahí, por ejemplo, primeros acercamientos con la Nueva Ola francesa. Uno de los apartados de esta página abordaba películas eróticas y para las almas curiosas habrían varias revelaciones. En estos filmes había cierta propuesta estética, cierta preocupación por la narrativa. No existía solo un interés por el clímax. Iban más allá. No estaban gobernadas por lo sexual, sino que albergaban acercamientos, roces, incursiones tangenciales del deseo.

La pregunta que cae por su propio peso es: ¿qué diferencia, entonces, al cine erótico del pornográfico? El primero se centra en la provocación, lo estético, lo narrativo, en ese juego donde pareciera que sí y que no, que algo ocurrirá pero no es tan simple, como si hubiese una especie de cortejo no solo entre personajes, sino también entre película y espectador. Lo erótico puede ser insinuación y atmósfera. Lo pornográfico se inclina inherentemente a lo explícito y directo, a la penetración. No hay tanta búsqueda estética o narrativa, sino gemidos, fluidos y orgasmos.

Este texto es una aproximación breve y limitada, por lo que no habrán definiciones extensas ni planeo detenerme mucho en las distintas variantes y vertientes, pero sí hacer recomendaciones y mención de ciertas características. En la línea de lo dicho arriba sobre la posibilidad o imposibilidad del deseo, pienso en el cine de Wong Kar-wai (que, dicho sea de paso, también fue mi puerta de entrada a la cinefilia): las manos que apenas se rozan en “In The Mood for Love” condensan todo el anhelo de los protagonistas. El beso que nunca llega traduce a lo carnal la barrera moral y es una provocación constante, casi como una suerte de ‘edging’ (perdonen lo informal) cinematográfico. Ahí radica todo el erotismo. 

Foto de ‘In The Mood For Love’ (2000) de Wong Kar-wai | Fuente: Allied Artists Pictures

Lo mismo con su fragmento “La mano” para Eros (con Antonioni y Soderbergh), que me hace pensar en la maravillosa “Vive L’amour” de Tsai Ming-Liang, donde interesa más cómo el protagonista escucha a una pareja teniendo sexo que el encuentro de estos dos. Ese voyeurismo del celuloide canaliza el propio del espectador. Así, desde su ventana indiscreta L. B. Jefferies mira a su vecina bailarina y sensual, pero también lo hacemos nosotros: él mediante sus binoculares, nosotros a través de la pantalla. Esta condición voyeur inherente de la imagen fílmica que desarrolla Hitchcock es explotada por uno de sus “herederos” como Brian de Palma.

Tal deseo reprimido aparece en “Dressed to Kill” y “Femme Fatale”, pero también en “Body Double”, donde el protagonista voyeur se vuelve actor porno para llegar al fondo de una investigación. Lo erótico no reside en su travesía por el cine para adultos, sino en las danzas (la literal, de la mujer que se exhibe, y la de la trama en donde el hombre busca a la mujer una y otra vez). Al igual que Hitchcock, De Palma señala lo sexual y erótico no solo como algo placentero y agradable, sino relacionado más a la culpa y las consecuencias. Se subvierte el goce por el sufrimiento.

Así, Coralie Fargeat en “La Sustancia” convertía al objeto de deseo perfeccionado en monstruo para contrarrestar la mirada lasciva masculina y transformarla en horror, siguiendo la línea que proponía el giallo italiano con cineastas como Mario Bava o Dario Argento. “Blood and Black Lace”, del primero, trabaja a la perfección la idea de convertir aquello que excita en sangre y terror, con los asesinatos de modelos hermosas a manos de un ser sádico y misterioso casi siempre representado bajo un punto de vista donde nos colocan en sus zapatos desde nuestros lugares. Lo mismo hace Argento, por ejemplo, en “Tenebre”. Lo erótico se mezcla con lo maligno, lo depravado.

Foto de ‘Blood and Black Lace’ (1964) de Mario Bava | Fuente: Les Films Marbeuf

En esta línea, existe dentro de los límites ficcionales del cine, la posibilidad de que lo artístico, lo sensual y la violencia vayan de la mano . Pienso en algunas de las transgresiones que vemos (nosotros y Jeffrey) en “Blue Velvet”, con una cámara que se fija en los detalles, en los colores; con un montaje que busca narrar y resignificar. Lo mismo cuando Bobby Perú se propasa con Lula en “Wild At Heart”: está filmado con una delicadeza horrorífica. A veces dichos límites se difuminan y ocurren casos como los de Gaspar Noé, Vincent Gallo o Abdellatif Kechiche, amados y odiados en igual medida, cuyas polémicas se prestan para otras discusiones.

Lo erótico como culpa o dolor lo vemos también en “Shame” de Steve McQueen o “Breaking the Waves” de Lars Von Trier, donde Bess tiene sexo como sacrificio para salvar a su esposo postrado en cama. Pienso también en “Betty Blue”, con una protagonista gigante cuyo deseo deviene en una tristeza del mismo tamaño. Ocurre, además, en una cinta como “La piel que habito” de Almodóvar, donde la erotización (sujeta al cambio de sexo) de un personaje es impuesta como castigo por un crimen. Otra propuesta es la de “Benedetta” de Verhoeven, que mezcla el deseo con la culpa religiosa y lo prohibido. 

Estas restricciones del placer hacen de algunas películas con componentes eróticos todavía más interesantes en sus propuestas, pues plantean una imposibilidad carnal y social. Cintas que abordan relaciones lésbicas como “The Handmaiden” de Park Chan-wook o “Portrait of a Lady on Fire” de Céline Sciamma (ambas dentro de lo mejor de la década pasada). Hay más intimidad en la calma de ver cómo una le peina el cabello a la otra o cómo una pinta un retrato de la otra, respectivamente, que en las escenas donde hacen el amor. Nuevamente: la provocación, lo que pareciera ser y no pudiera, lo que finalmente logra suceder.

Ahí la diferencia con producciones actuales como Euphoria o las películas de Emmerald Fennel (disculpen lo puntual), donde los cuerpos se mezclan uno sobre otro, pero despojados casi totalmente de sensualidad; donde todo debe desarrollarse rápido, volar, y las acciones son cortadas y picadas, son flashes, pestañeos. El placer se reduce al efecto, al plano estético y se olvida de su fuerza narrativa, de su poder para hacer avanzar la historia. De vuelta a Wong Kar-Wai: recuerdo la escena en “Happy Together” donde Ho Po-wing y Lai You-fai bailan tango en la cocina. Hay más conexión ahí que al inicio cuando se acuestan.

Otro asunto importante a mencionar son las películas que tratan sobre el trabajo sexual. En los últimos años “Anora” de Sean Baker trajo a colación este tipo de cintas que, si bien eróticas, muchas veces tal dimensión resulta anecdótica o de una importancia de menor grado. Destaco algunas obras de décadas pasadas y sus retratos de 1) la mujer y su erotización como decisión libre, como umbral hacia la autonomía del cuerpo o intento de esto, como en “Belle de Jour” de Luis Buñuel, o de 2) la mujer y su erotización obligada, deshumanizante, pero con la comunidad como resistencia de una vida frágil, como en “Street of Shame”, de Kenji Mizoguchi. Pero ya es tema de otra ocasión

Foto de ‘Anora’ de Sean Baker | Fuente: NEON

Recomendaciones

  • Crash (1996), de David Cronenberg

  • Bound (1996), de Lana y Lilly Wachowski

  • Eyes Wide Shut (1999), de Stanley Kubrick

  • L’uomo che guarda (1994), de Tinto Brass


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Gustavo Vegas

Crítico de cine, comunicador audiovisual y fanático de las películas de vaqueros. Su primer cortometraje pasó por diversos festivales nacionales. Se encuentra trabajando en otro, desde la coescritura y codirección.

@corduroygos | @vicio.propio

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