Coyote vs. Acme: El juicio que los Looney Tunes necesitaban
Fuente: Warner Bros. Pictures
Resulta casi irónico que una película sobre un personaje condenado a fracasar una y otra vez haya tenido que atravesar su propio infierno para finalmente llegar a nosotros. Coyote vs. ACME estuvo a punto de convertirse en otra víctima de las decisiones corporativas de Warner Bros., y quizá por eso su historia detrás de cámaras termina dialogando de manera inesperada con la película que tenemos delante.
La idea de convertir uno de los gags más reconocibles de los Looney Tunes en el conflicto central es, en principio, bastante sencilla: después de años de comprar productos de ACME que terminan destruyéndolo, Wile E. Coyote decide llevar a la compañía a los tribunales. Pero lo interesante está en lo que la película construye alrededor de esa premisa. El Coyote deja de ser únicamente el personaje que persigue al Correcaminos para convertirse en una figura que representa algo mucho más reconocible: alguien que fracasa constantemente, que insiste incluso cuando todo parece estar en su contra y que, de alguna manera, sigue creyendo que el próximo intento puede funcionar.
Ahí es donde la película encuentra su mejor idea. El fracaso del Coyote siempre fue parte del chiste, pero también había algo profundamente melancólico detrás de cada caída. Los cortos de Chuck Jones entendían que Wile E. Coyote no necesitaba hablar demasiado para transmitir frustración, obsesión y desesperación. Coyote vs. ACME aprovecha esa característica y la convierte en el corazón de su historia, utilizando el juicio contra ACME como una forma de darle voz a un personaje que durante décadas solo pudo comunicarse mediante carteles, gestos y golpes. Lo que antes era una sucesión interminable de accidentes se transforma aquí en una historia sobre alguien que finalmente decide reclamar por todo aquello que le hicieron.
Fuente: Warner Bros. Pictures
En ese sentido, es inevitable pensar en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y en la manera en que aquella película consiguió que la animación y el mundo real coexistieran sin que ninguno de los dos sintiera que estaba fuera de lugar. Coyote vs. ACME recupera parte de esa lógica, pero la utiliza para construir un conflicto donde esa convivencia es también parte del problema: humanos y personajes animados terminan enfrentándose dentro de una misma realidad, y la naturaleza absurda de los Looney Tunes convive con una historia de abogados, corporaciones y tribunales. La película entiende que no necesita separar ambos mundos para que funcionen; precisamente el contraste entre ellos es lo que permite que el humor aparezca de manera natural.
También funciona porque entiende que los Looney Tunes no necesitan ser modernizados hasta perder aquello que los hizo especiales. El mundo real y la animación conviven con bastante naturalidad, mientras personajes como Bugs Bunny, el Pato Lucas y, por supuesto, el Correcaminos aparecen sin sentirse como simples cameos nostálgicos. Hay una intención evidente de recuperar el espíritu de los cortos originales, pero sin intentar reproducirlos exactamente. La película no parece avergonzarse de lo caricaturesco de sus personajes y, al contrario, entiende que precisamente ahí está buena parte de su encanto.
Y eso resulta especialmente importante cuando pensamos en lo que los Looney Tunes han significado dentro de la animación y en lo extraño que ha sido el trato que han recibido en los últimos años. No hablamos solamente de una franquicia que permanece vigente por nostalgia: hablamos de personajes que forman parte de la historia de la animación y que, aun así, han visto cómo proyectos terminados terminaban archivados. Coyote vs. ACME comparte esa injusta historia con El día que la Tierra explotó, otra película que demuestra que todavía existe un espacio para contar nuevas historias con estos personajes sin convertirlos en simples piezas de una estrategia comercial.
Fuente: Warner Bros. Pictures
La película sabe cuándo exagerar, cuándo jugar con la lógica absurda de los dibujos animados y cuándo dejar que el Coyote simplemente sea el Coyote. Incluso cuando la historia se convierte en un drama judicial bastante convencional, siempre existe la sensación de que en cualquier momento algo puede explotar, caer del cielo o salir disparado en la dirección equivocada. Y debajo de todo eso aparece una sátira bastante simpática sobre las corporaciones: ACME siempre fue una especie de metáfora perfecta del consumo, una empresa capaz de venderte exactamente aquello que necesitas para solucionar un problema que, probablemente, ella misma terminó provocando.
Quizá Coyote vs. ACME nunca podría alcanzar la perfección de los cortos originales, y tampoco necesita hacerlo. Lo importante es que entiende por qué estos personajes siguen funcionando después de tantas décadas. Detrás del slapstick, de las explosiones y de los productos defectuosos de ACME siempre hubo algo profundamente humano en Wile E. Coyote: esa necesidad absurda de volver a intentarlo incluso después de haber fallado de la manera más espectacular posible. Y después de todo lo que tuvo que pasar para que esta película pudiera ser vista, resulta apropiado que termine siendo precisamente eso: una película sobre fracasar, insistir y finalmente conseguirlo.

