La Isla Olvidada: Lo que somos cuando recordamos
Fuente: Universal Pictures
Estamos en el auge de un nuevo lenguaje dentro de la animación. Desde Spider-Man: Un nuevo universo, distintas producciones han comenzado a desprenderse de la rigidez visual que durante años definió al cine animado comercial, explorando nuevas texturas, estilos y formas de narrar. El gato con botas: El último deseo, K-Pop Demon Hunters e incluso una propuesta más reciente como GOAT son distintas interpretaciones de una misma inquietud: ¿hasta dónde puede llevarse la animación cuando deja de intentar parecerse únicamente a sí misma? En ese panorama aparece La isla olvidada, que toma como punto de partida la dinámica de ¿Qué pasó ayer? y la traslada a una aventura fantástica atravesada por la música, el humor y una estética que bebe directamente del anime, como una especie de resaca convertida en película infantil, acompañada por canciones que evocan otras décadas y un imaginario construido a partir del folclore y la cultura que la película busca representar.
El resultado es una película que parece querer meterlo todo dentro de una misma película: comedia absurda, criaturas sobrenaturales, referencias pop, horror, amistad y una historia sobre la memoria que poco a poco termina adquiriendo mayor importancia. Y justamente ahí está su mayor virtud, pero también su principal problema, porque La isla olvidada tiene demasiado que decir, mostrar y hacer en cada momento. Los directores parecen haber entendido perfectamente hacia dónde se dirige la animación contemporánea, pero también parecen haber querido aprovechar cada una de sus posibilidades al mismo tiempo, acumulando cambios constantes de estilo, expresiones exageradas, movimientos imposibles, referencias visuales y una energía que rara vez permite que una escena exista por sí sola, como si todo tuviera que ser más grande, más rápido o más ruidoso que lo anterior.
Durante buena parte de la película, esto termina jugando en su contra. La primera mitad puede llegar a ser agotadora, no porque la historia sea particularmente complicada, sino porque la puesta en escena se comporta como si necesitara mantener nuestra atención a cualquier costo. Los personajes gritan, corren, reaccionan y vuelven a gritar, mientras cada chiste viene acompañado de una expresión extrema y cada emoción parece necesitar una transformación visual. Por momentos, la influencia del anime se siente menos como una integración natural al lenguaje de la película y más como una acumulación de recursos reconocibles, algo que también ocurre con ciertas referencias y decisiones formales que parecen estar ahí porque pueden hacerse antes que porque realmente necesiten estar ahí.
El problema es que La isla olvidada confunde en demasiadas ocasiones esa libertad con la necesidad de estar haciendo algo todo el tiempo. El gato con botas: El último deseo entendía que un cambio de estilo podía tener peso precisamente porque no aparecía constantemente, mientras que aquí la película parece incapaz de detenerse: la cámara se mueve, la música entra, alguien grita, aparece una criatura y llega otro chiste antes de que la escena anterior haya terminado de asentarse. Esa velocidad puede funcionar durante determinados momentos y encaja incluso con la personalidad hiperactiva de algunos personajes, pero sostenida durante tanto tiempo termina produciendo el efecto contrario al que busca, porque aquello que inicialmente resulta estimulante comienza a sentirse como una sucesión interminable de estímulos.
Fuente: Universal Pictures
Pero cuando finalmente necesita bajar la intensidad, aparece algo mucho más interesante, especialmente a través de Jo y Raissa, que terminan siendo el verdadero fuerte de la película. Más allá de sostener buena parte del humor y la energía de la aventura, ambas permiten que La isla olvidada encuentre un espacio para hablar de algo mucho más cercano: la incertidumbre de no saber qué hacer con nuestras vidas. La película se atreve a detenerse en dos jóvenes que intentan entender quiénes son, qué quieren hacer con su futuro y cuánto de lo que son está determinado por aquello que han vivido juntas. Es precisamente en esos momentos donde la historia encuentra una sensibilidad que no siempre está presente en su puesta en escena, dejando que la amistad entre ambas tenga un peso que va más allá de acompañarse durante la aventura.
Es ahí donde el caos comienza a adquirir sentido, porque la propia estructura parte de personajes que intentan reconstruir lo ocurrido después de una noche que apenas recuerdan, convirtiendo lo que inicialmente funciona como una versión infantil de ¿Qué pasó ayer? en una reflexión sobre cómo recordamos a quienes fuimos y cuánto de nuestra identidad depende de las personas que estuvieron ahí para acompañarnos. La memoria deja de ser únicamente el recurso que mueve la historia y se convierte en una extensión de sus protagonistas, porque perder los recuerdos también significa perder una parte de aquello que las conecta y de la imagen que tienen de sí mismas. No es una idea especialmente nueva, pero la película consigue integrarla con naturalidad a la relación entre Jo y Raissa, sobre todo cuando sus propias dudas sobre el futuro terminan encontrándose con la necesidad de mirar hacia aquello que han vivido juntas.
La isla olvidada es excesiva, irregular y por momentos agotadora, pero también genuinamente imaginativa, una película capaz de pasar de una broma absurda a una imagen inquietante y de ahí a un momento emocional sin preocuparse demasiado por las transiciones. Quizá no sea la mejor muestra de hacia dónde está avanzando la animación, pero sí una bastante representativa de este momento en el que todo parece estar permitido. Debajo de todo el ruido, las criaturas y los cambios constantes de estilo existe una historia sobre jóvenes que todavía están intentando descubrir qué hacer con sus vidas, mientras comprenden que una parte de lo que serán siempre estará ligada a aquello que recuerdan, a lo que han vivido y a las personas que estuvieron ahí para acompañarlos.
Fuente: Universal Pictures

