Digger: una falsa crónica de una realidad inminente
Fuente: Warner Bros Pictures
Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, es muchas cosas, y entre todas creo que es un experimento rarísimo de presenciar. Desde que salí de la sala no he dejado de darle vueltas. Dice y hace demasiado: grita, salta (quizás en exceso para su propio bien) para terminar en una realización brutalmente simple pero real. Es sin dudas la comedia más deprimente del año, una película hecha a la medida para alimentar esa sensación crónica de doom que muchos cargamos frente a nuestro futuro.
La idea nació en 2014, en el rodaje de The Revenant, cuando el equipo de Iñárritu tuvo que cruzar el planeta en busca de nieve porque la de Canadá que era donde estaban filmando, se estaba derritiendo. En la conferencia de prensa en CDMX contó que, mientras escribía sobre el deshielo, la realidad terminó sobrepasando su guion. Groenlandia pasó a los titulares por las empresas interesadas en sus recursos y por un Estados Unidos que, incluso con amenazas militares, pretende quedársela aunque pertenezca a Dinamarca.
Durante su primer tramo, “Digger” es una sátira burda e intencionalmente mala.
Los afiches, con la geometría limpia y los colores planos de Saul Bass, prometían algo de prestigio, pero lo que llega a la pantalla es estridente. La hermosa fotografía de Lubezki abre con un paisaje idílico que delata su propia artificialidad antes de revelarse como una ventana en una habitación victoriana de mal gusto. En la cama aparece Cruise, envejecido, canoso, con escaso pelo y barrigón bajo capas de látex, alimentando a una gata moribunda a la que se niega a dejar ir. Ver al President of the Movies de Film Twitter desarmando así su iconografía de héroe, en manos de un cineasta obsesionado con personajes que se ahogan en su propio ego, fue lo que me compró la entrada.
Hasta que una videollamada rompe la rutina: una explosión de gas metano en sus plataformas de Groenlandia acaba de desprender un iceberg gigante rumbo a Europa. Digger convoca a su mansión al presidente de Estados Unidos (John Goodman) y a su equipo, y lo que sigue es un desfile de viejos pálidos y decrépitos que discuten cómo salvar su pellejo entre chistes misóginos, si conviene alertar a Europa o si es mejor controlar la narrativa censurando en internet los comentarios en su contra.
Hay quienes leen a “Digger” como un dardo contra la sociedad americana, y si es más que evidente, porque tanto Digger como el presidente de Estados Unidos en la película son una caricatura directa de Trump, o Bush y el país que los reelegió tiene motivos para darse por aludido. Sin embargo, la escena se reconoce sin esfuerzo desde distintas partes del mundo; también sabemos lo que es ver a un gobierno sentado a la mesa con sus millonarios. Aun así, esa primera parte es una comedia sin gracia, y lo único que me mantuvo atenta en ese tramo fue ver a un Cruise deformado en trajes horribles y el diseño de producción de Dennis Gassner, lleno de maquetas y decorados hechos a mano que le dieron tactilidad y textura a todas las escenas.
Fuente: Warner Bros Pictures
A partir de aquí se revela el spoiler más grande de Digger. Si no la has visto, guarda la reseña y regresa luego.
Hasta que de la nada un árbol en su jardín se desploma al fondo del encuadre, un técnico gigante asoma detrás del decorado y la película revela lo que es: el ensayo general de una obra teatral llamada Fossil Fools, la cual se estrena esa misma noche. Digger Rockwell existió, pero el hombre que suda bajo el látex es Curtis Markson, un actor veterano y precarizado que tiene la cabeza en otra parte, porque su hija viaja esa noche en un vuelo perdido en medio de un mal clima.
Cuando se revela el artificio, sentí alivio, porque el primer tramo se había vuelto un tanto insoportable. Lo que no esperaba es que Iñárritu insistiera tanto en devolvernos a ese escenario. Algunas vueltas sirven para reconstruir, desde la farsa, lo que de verdad le hizo Digger al mundo. Otras estiran un chiste que se entiende a la primera y solo sirven para remarcar lo que es obvio desde el inicio, como la del presidente que quiere bombardear China y no puede hacerlo hasta leerse unos manuales protocolares sobre armas nucleares que lo aburren. Si la obra es mala intencionalmente, ¿por qué pasamos buena parte de la película dentro de ella? El mini drama fuera de la obra con Curtis y su hija podría hacerle contrapeso, pero aparece tan poco que no alcanza.
La catástrofe, se entiende después, ocurrió hace veinte años, y todos en ese teatro fueron afectados. Cuando la obra inventa una escena en un avión, Curtis, con la cabeza todavía en el vuelo de su hija, estalla rompiendo nuevamente el plano: "Esto nunca pasó, él nunca estuvo en el avión". Hannah (Sophie Wilde), la directora, le baja los humos con un argumento práctico pero sentido: la gente necesita reírse un rato entre toda la tragedia que están viviendo y ver caer al supervillano, y la obra existe para darles esa válvula de escape momentánea, para reír en vez de llorar. Sin embargo, ¿es un mecanismo de alivio? O ¿es a la vez algo con que autoflagelarse? El largo monólogo de Cruise frente a una corte poblada de más personas pálidas y decrépitas y de maniquíes cumple la misma función, y es por consenso, lo mejor de la película. Cruise convierte a Digger en un payaso que salta y vocifera con una cólera arrogante, sin perder nunca la malicia ni el poder de persuasión, mientras se exculpa y señala la responsabilidad al resto por nuestro conformismo y nuestra adicción a consumir. El guion vende ese discurso como algo revelador. No sé si realmente lo sea a estas alturas, pero cuando lo grita Cruise mientras brinca por toda la corte, al menos funciona muy bien, y recuerda por qué es el actor tan aclamado que es.
Esa válvula, además, tiene dueño. Kenny (Jesse Plemons), productor de la obra y que se revela luego ser el sobrino de Digger, la vio hace mucho, y al ver la recepción de la gente hacia ella, compró los derechos y reunió a los mejores actores y a la directora más woke que encontró. Su empresa de seguridad es la que rescata a la hija de Curtis, y ese favor deja al actor en deuda, obligado a terminar una función de la que nunca estuvo convencido. Mientras el público se ríe de su tío y celebra su caída, Kenny se queda con el papel de mecenas que solo apoya el arte, y la maldad de la familia queda enterrada con Digger. Cuesta no pensar en las últimas noticias de la industria con un Warner Bros., que se despide antes de su absorción por Paramount-Skydance pagando una película sobre lo que hacen los ricos con el arte que financian.
Fuente: Warner Bros Pictures
De ahí viene buena parte de lo que divide. Digger parece culpar a las masas y a su sumisión, cuando los responsables tienen nombre y patrimonio. Pero quien nos acusa desde el estrado es un magnate, y la obra la financia su sobrino. Los ricos provocaron el desastre y además escriben y financian el relato en el que la culpa es nuestra. ¿Y qué se supone que hagamos con eso? La película no lo sabe, tampoco lo responde y ese es su absurdo que dialoga más con nuestra realidad.
El título termina siendo literal y figurativo. Digger va excavando por capas: la farsa con la caída del supervillano, el teatro que la ensaya décadas después subvencionado por un familiar del mismo villano, el mundo de afuera que Digger destruyó donde el aire se volvió tóxico y, al fondo, el nivel 4, nosotros en nuestros asientos, consumiendo la catástrofe en pantalla grande. Hay quienes ven en eso la condescendencia de un director que se cree por encima de su público. No creo que sea la idea. Me parece que Iñárritu toma una verdad entre muchas, quizá la que menos respuestas tiene, y la sostiene frente a nosotros hasta que no queda a dónde mirar.
La última capa llega con el final. Cae el telón, el público de Fossil Fools aplaude y una voz robótica anuncia por los altavoces "Level 4". Todos se colocan máscaras de oxígeno de marca, se abren las compuertas y el teatro resulta ser un búnker bajo una ciudad inundada e irrespirable. Se lee en un graffiti que dice: Compliance is freedom, recalcando el mensaje una última vez en este nuevo plano. Unos minutos después, con los créditos corriendo, la misma voz vuelve a sonar, ahora por los parlantes de la sala. Yo ya estaba caminando hacia la salida y no entendí qué era. Me di cuenta recién después.
El final es un espejo, y uno bastante definido. El problema es que un espejo solo devuelve lo que ya está ahí. ¿Es suficiente eso? Nadie le exige al cine que cambie el mundo, pero sí que mueva algo en quien lo ve, y “Digger” me dejó desolada. Quizá esa sea su verdad más honesta: frente al colapso, ni siquiera el arte sabe hacia dónde empujarnos.
Pudimos asistir a la avant premiere de “Digger” gracias a Warner Bros Pictures Latam. La película se encuentra disponible en carteleras desde el 1 de octubre.

