Amar frente a lo inevitable: el cine de Alejandro González Iñárritu
Fuente: Vanity Fair
Introducción
Mientras un perro se desangra, dos jóvenes escapan no solo de un grupo de personas que busca vengarse de ellos, sino también de un destino inevitable al que, pese a todo, intentan hacer frente. Así comienza el cine de Alejandro González Iñárritu y creo que esa primera imagen resume bastante bien algunas de las preocupaciones que terminarían atravesando su obra. Desde la presencia de los animales y el rol que adquiere la naturaleza hasta personajes obligados a encarar aquello de lo que difícilmente pueden escapar, su filmografía parece regresar constantemente a seres humanos enfrentados a situaciones que los superan.
Puede tratarse de un accidente capaz de transformar las vidas de personas que se conocen o jamás llegaron a hacerlo, de alguien que encuentra una última oportunidad para hacer las cosas bien o de quienes intentan desligarse de su lado más salvaje. Muchas de estas experiencias se encuentran atravesadas, además, por el papel que desempeña la familia y por la responsabilidad que sus protagonistas sienten hacia aquellos que los rodean. Es en esa acumulación de preocupaciones donde encuentro una obra que, si algo evita, es la sencillez. Iñárritu busca constantemente sumergirnos en experiencias intensas que importan tanto por las reflexiones que plantean como por la manera en que dialogan con el mundo que habitamos.
Ese mundo permanece en constante transformación, dejando personas atrás mientras parece avanzar hacia una progresiva deshumanización y una pérdida de aquellos rasgos identitarios que distinguen a alguien que vive en Marruecos, México, España o Estados Unidos. Frente a ello, Iñárritu construye personajes que intentan conservar algo de sí mismos mientras enfrentan la violencia, el destino, la familia, la naturaleza o aquello que los aproxima a su lado más animal. Son esta clase de inquietudes las que, pese a uno que otro altibajo, hacen que considere su filmografía digna de ser revisada.
Fuente: MUBI
Amores Perros (2000): culpas y redenciones
Esta ópera prima apareció en un momento en que el cine mexicano y latinoamericano se encontraba lejos de la posición que ocupa actualmente y contribuyó a abrir las puertas hacia una nueva ola de propuestas más arriesgadas. Iñárritu demostró que era posible construir una película profundamente local y, al mismo tiempo, representar un sentir reconocible en toda Latinoamérica, sin recurrir a esa falsa universalidad que elimina aquello que vuelve particular a un país.
Eso comienza por su manera de retratar la Ciudad de México. Iñárritu evita sus espacios más emblemáticos y consigue que pueda sentirse como cualquier otra gran urbe latinoamericana sin que la identidad mexicana desaparezca. Los personajes pertenecen a distintos estratos sociales y edades, pero todos son atravesados por una violencia que los conduce hacia decisiones cada vez peores, la culpa, la marginalidad y una búsqueda de redención. Octavio (Gael García Bernal) entra en el mundo de las peleas de perros creyendo inicialmente que el dinero podrá permitirle escapar junto a su cuñada, hasta que todo termina explotándole en la cara.
Con Valeria (Goya Toledo), la película pasa de esa vertiginosidad juvenil hacia una inquietud mucho más doméstica, transformación acompañada por el trabajo de cámara de Rodrigo Prieto. Tras el accidente, ella se aferra a la figura de un perro como símbolo de compañía y refugio mientras intenta sostener una relación con Daniel que ya se encontraba quebrada. El relato roza por momentos un dramatismo exacerbado, pero Iñárritu todavía sabe condensarlo en hechos viscerales y puntuales. El Chivo (Emilio Echevarría) lleva finalmente esa trayectoria hacia la vejez, la culpa y una posibilidad de redención que las historias anteriores no ofrecían de la misma manera.
Ahí permanece para mí la magia de Amores perros. Incluso dentro de un mundo atravesado por la violencia y por destinos que parecen inevitables, todavía existe la posibilidad de sanar, amar y construir otro horizonte. Iñárritu y Guillermo Arriaga, guionista clave en la primera etapa del director, consiguen desarrollar ese drama sin caer en el melodrama desbordante, encontrando humanidad incluso en las situaciones más desoladoras. Guion, actuaciones, puesta en escena y fotografía confluyen en una película arrolladora que entiende el cine como un acto de amor hacia sus personajes y hacia el propio arte.
Fuente: MUBI
21 Grams (2003): el peso de lo inevitable
Una vez más, un accidente conecta las vidas de tres personas que, desde distintos lugares, intentan encontrar alguna forma de salvación, cambiar o escapar de aquello que son. Iñárritu vuelve a interesarse por personajes enfrentados a situaciones capaces de transformar radicalmente sus vidas, acompañándolos mediante una cámara inquieta que refuerza su inestabilidad. El problema es que la estructura fragmentada, llevada mucho más lejos que en su ópera prima, termina desplazando por momentos aquello que encuentro más interesante en sus respectivos conflictos.
A ello se suma la manera en que la película se apoya tanto en un componente espiritual constantemente subrayado mediante diálogos que por momentos rozan la miseria desmedida y la voz en off de Paul (Sean Penn), uno de los protagonistas. Lo que antes encontraba una fuerza particular en la relación entre personajes y espacios empieza a expresarse de una manera mucho más enfática. Al abandonar México y trasladar esta clase de historias hacia Estados Unidos, se pierde además parte de aquella especificidad urbana que permitía que Amores perros fuera profundamente local sin dejar de resultar universal.
Eso no significa que 21 Grams carezca de intensidad ni que sus personajes dejen de interesarme. El problema está en que aquello que Iñárritu y Guillermo Arriaga habían conseguido articular con tanta naturalidad en su película anterior adquiere aquí una forma más genérica y cerrada. La fragmentación y el dramatismo parecen empeñados en remarcar constantemente la gravedad de lo que ocurre. Hay todavía ideas que me interesan, aunque por momentos siento que estoy viendo una fórmula conocida trasladada hacia otro lugar.
Fuente: MUBI
Babel (2006): la distancia entre nosotros
La incomunicación que atraviesa Babel no surge únicamente de las diferencias culturales o lingüísticas, sino también de las posiciones que ocupamos dentro de un mundo desigual. Las cuatro historias conectadas por Iñárritu y Guillermo Arriaga permiten observar distintas formas de separación, mientras la propia Torre de Babel funciona como una imagen que no habla solamente de la imposibilidad de entendernos, sino de quiénes se encuentran arriba y quiénes permanecen abajo. No todos parten del mismo lugar ni cuentan con las mismas posibilidades para reconstruir aquello que se ha roto.
Por eso encuentro algo particularmente agridulce en la película. Susan (Cate Blanchett) y Richard (Brad Pitt) pueden intentar recomponer su relación, del mismo modo que Chieko (Rinko Kikuchi) y Yasujiro (Kōji Yakusho) encuentran una posibilidad de acercamiento después de la distancia que existía entre ambos. La pregunta está en si esa reconstrucción se encuentra realmente al alcance de todos, como para Amelia (Adriana Barraza) o Yussef (Boubker Ait El Caid). Hay personajes para quienes las consecuencias de aquello que ocurre resultan mucho más difíciles de revertir, haciendo que las barreras entre países, clases y personas sean también una cuestión de privilegio.
Ahí encuentro la fuerza de esta última colaboración entre Iñárritu y Arriaga, con la que se cierra la llamada “trilogía de la muerte”. Después de tres películas sobre personajes conectados por acontecimientos capaces de modificar sus destinos, Babel amplía esa preocupación hacia un mundo donde todos parecen próximos y, al mismo tiempo, continúan separados por barreras que no dependen únicamente del lenguaje. Reconstruir los vínculos sigue siendo posible para algunos; otros permanecen debajo, sin las mismas oportunidades para volver a encontrarse.
Fuente: MUBI
Biutiful (2010): antes de desaparecer
Después de tres películas construidas junto a Guillermo Arriaga alrededor de distintas historias entrecruzadas, Iñárritu concentra Biutiful en el recorrido de un solo protagonista. Uxbal (Javier Bardem) atraviesa una Barcelona alejada de cualquier imagen turística mientras intenta resolver aquello que dejará a sus hijos ante la proximidad de su muerte. Es en esa dimensión humana y urbana donde encuentro lo mejor de la película: un hombre consciente de un destino inevitable que continúa moviéndose porque existen otras personas por las que todavía tiene que responder.
El problema aparece cuando la dimensión espiritual adquiere cada vez mayor protagonismo. Uxbal posee un don que le permite relacionarse con los muertos, y esa preocupación por aquello que existe más allá de la vida termina ocupando un espacio que para mí funciona peor que su recorrido por la ciudad y los distintos dramas que lo rodean. Iñárritu quiere hablar de cargas, culpas, aquello que heredamos y la posibilidad de reconciliarnos antes de desaparecer, pero la insistencia con la que subraya estas ideas conduce la película hacia una grandilocuencia que termina debilitándolas.
Sin Arriaga como su principal colaborador, aquí encuentro a un director con buenas ideas que empieza a perder parte del ancla que anteriormente contenía algunos de sus impulsos. El interés por el protagonista y su necesidad de dejar algo a sus hijos permanece, al igual que una Barcelona donde diferentes formas de marginalidad conviven alrededor suyo. Aun así, entre su tendencia hacia lo espiritual, el exceso dramático y una propuesta formal que encuentro poco inventiva, Biutiful representa para mí un gran paso en falso en su filmografía.
Fuente: MUBI
Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance) (2014): el espectáculo no se detiene
Más que una simple proeza técnica, el uso del plano secuencia acá encuentra sentido al acompañar a alguien como Riggan Thomson (Michael Keaton), consciente de que tiene una última oportunidad para demostrar que todavía puede hacer algo importante. La cámara permanece junto a él mientras se desplaza entre escenario y backstage, haciendo que ambos espacios formen parte de una misma experiencia y acompañando una percepción de la realidad que comienza a alterarse. Después de Biutiful, encuentro aquí a un Iñárritu capaz de reencauzar varios de sus intereses mediante una película bastante más ligera y visceral.
En ese recorrido aparece la confrontación entre el entretenimiento masivo y una concepción supuestamente más culta del arte, sin que necesariamente uno represente la salvación frente al otro. Riggan quiere escapar de aquello que Birdman significa para demostrar su legitimidad como artista, mientras la película observa unas jerarquías culturales que ya no resultan tan estables. Desde el presente, esa preocupación adquiere incluso otra fuerza ante el peso de la viralidad, las métricas y la inmediatez, capaces de modificar aquello que captura nuestra atención y la forma en que determinamos su valor.
La frontalidad con la que el cineasta expresa algunas de estas ideas puede jugarle en contra y contribuir a que la película sea leída desde cierta pretensión. Aun así, aquí esa tendencia encuentra una construcción que me resulta mucho más estimulante. Riggan continúa siendo un personaje profundamente propio de su cine: alguien que intenta cambiar aquello que parece determinado para él, obligado a seguir avanzando mientras busca una forma de reconectarse con los demás. Incluso la preocupación por la comunicación que atravesaba Babel reaparece ahora desde un terreno distinto.
Dicho esto, resulta curioso que Iñárritu se reafirme como autor mediante una película que demuestra cuánto depende un autor de quienes lo rodean. Alrededor de Riggan existe un ecosistema de actores, productores y trabajadores que hace posible aquello que finalmente ocurre bajo los reflectores. Esa “inesperada virtud de la ignorancia” termina acompañando también a un cineasta que, después del tropiezo anterior, parece reconocer la importancia de sus colaboradores mientras encuentra otra manera de canalizar sus obsesiones.
Fuente: MUBI
The Revenant (2015): entre el hombre y la bestia
En The Revenant, la naturaleza, otro elemento importante dentro de la obra de Iñárritu, deja de ser únicamente un escenario para convertirse en una fuerza capaz de guiar, amenazar y poner a prueba aquello que separa al ser humano de la bestia. Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) conoce ese entorno y mantiene una conexión con él que resulta fundamental para sobrevivir, mientras John Fitzgerald (Tom Hardy) establece constantemente una separación entre quienes considera civilizados y aquellos a quienes observa como salvajes. Paradójicamente, es su propio comportamiento el que termina aproximándolo a aquello que desprecia.
El recorrido de Glass convierte así la supervivencia y la venganza en una lucha por no transformarse en aquello que rechaza. La naturaleza puede ofrecer una dirección, pero nunca es necesariamente una aliada y puede volverse contra el ser humano en cualquier momento. Esa dimensión física es la que más me interesa: observar a Glass atravesando pruebas cada vez más extremas mientras intenta conservar aquello que todavía lo distingue de la animalidad. Ahí encuentro una cercanía mayor con Werner Herzog que con la influencia de Andrei Tarkovski a la que suelen remitir algunas de sus imágenes.
La espiritualidad me resulta esta vez más justificada que en Biutiful, especialmente por su relación con aquello que Glass ha perdido y con un mundo que nosotros, desde una mirada occidentalizada, quizá no podemos comprender completamente. Aun así, sigo creyéndole más a Iñárritu cuando permanece junto al cuerpo y la aventura que cuando se entrega a imágenes más abstractas. Antes de preguntarnos por aquello que puede existir más allá, The Revenant funciona mejor cuando observa qué hacemos aquí con aquello que tenemos y cómo evitamos perder nuestra humanidad durante el camino.
Fuente: MUBI
Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022): cruzar sin llegar
Después de tantos años construyendo personajes atravesados por entornos familiares complejos, tenía sentido que Iñárritu terminara dirigiendo esa mirada hacia sí mismo. Lo que más me interesa de Bardo está en cómo el desplazamiento de Silverio Gama (Daniel Giménez Cacho) afecta también a quienes lo acompañan, especialmente a unos hijos que cuestionan sus decisiones con particular dureza. Podemos movernos físicamente y permanecer mentalmente estancados, suspendidos entre espacios a los que nunca terminamos de pertenecer. Es en ese limbo donde encuentro el núcleo más valioso de esta catarsis personal.
El problema está en la manera escogida para desarrollarlo. Algunas preocupaciones sobre el espectáculo y la figura del creador ya me parecían mejor canalizadas en Birdman, mientras la dimensión surrealista construye imágenes muy bien realizadas que parecen dispuestas a escapar de la realidad para después regresar constantemente hacia ella. Es como si el director no terminara de entregarse a aquello que propone. Sumados a una sátira y unos diálogos demasiado directos, estos movimientos hacen que varias decisiones me resulten arbitrarias antes que verdaderamente incomprensibles.
Por eso Bardo vuelve a producirme una sensación cercana a la de Biutiful: la de un cineasta que sabe lo que quiere decir, pero cuya forma de expresarlo acaba interfiriendo con aquello que encuentro interesante. La relación entre Silverio, su familia, el desplazamiento y la imposibilidad de pertenecer completamente a un lugar contiene una reflexión personal que considero valiosa. El exceso termina llevándome, aun así, peligrosamente hacia el lugar de quienes cuestionan el cine de Iñárritu. Después de esta catarsis, espero encontrarlo avanzando desde un lugar más moderado.
Conclusión
Amado y odiado por igual, después de este repaso mi admiración por el cine de Alejandro González Iñárritu se mantiene. No en vano tiene bajo el brazo, además de una obra maestra, más de una gran película que vale la pena revisar. Este recorrido también me deja claro que su cine no debería entenderse únicamente desde lo racional ni desde lo puramente sensorial. Llevarlo hacia cualquiera de esos extremos significaría perder parte de aquello que propone, porque su interés está precisamente en sumergirnos en el mundo interior de personajes cuyas contradicciones y anhelos nunca son sencillos.
Al estar tan inmersos en esa interioridad, cobra sentido que eventualmente aparezcan momentos distantes de aquello que llamamos realidad. Iñárritu es un cineasta preocupado por la dimensión psicológica de sus personajes y por explorar distintos costados de la condición humana, ya sea desde el drama o desde la comedia, género que volverá a explorar en Digger. Al mismo tiempo, esa mirada hacia el interior acaba inevitablemente hablando del exterior: de cómo nos relacionamos con los demás, de la manera en que convivimos y de aquello que quizá necesitamos para no terminar alienados, sin alguien a nuestro lado capaz de apoyarnos incondicionalmente.
Si tuviera que condensar su cine en una idea después de este recorrido, quizá hablaría finalmente del amor. No solamente en su sentido más tradicional, dirigido hacia las personas que queremos, sino también del amor hacia quienes somos y hacia el mundo que habitamos. Incluso cuando todo parece adverso, tener a las personas correctas a nuestro lado puede permitirnos atravesar un destino amargo y continuar hacia otro lugar con mayor tranquilidad. Porque, como su propio cine demuestra una y otra vez, cuando esos vínculos desaparecen, aquello que queda puede ser profundamente desolador.
Fuente: Warner Bros Pictures

