La Invitación: El amor no acaba, solo se transforma

★★★★☆
RATING 4 / 5

Fuente: A24

Título The Invite
Duración 107M
País Estados Unidos
Año 2026
Dirigido por Olivia Wilde
Cast Seth Rogen, Penélope Cruz, Edward Norton, Olivia Wilde

Pensaba no irónicamente en una canción de José José: El amor acaba. En esta, se retrata el ocaso de una relación no interrumpida por una infidelidad o una tragedia, sino un mal que se extiende con los años: la rutina. El fin del deseo y de un cambio en la percepción de la pareja es algo que en muchos casos se presenta en las relaciones y donde uno se aferra a lo que ya no puede continuar. Esto es lo que explora Olivia Wilde en La Invitación, remake de la cinta española Sentimental de Cesc Gay adaptada de su obra de teatro.

En esta nueva mirada a una historia contada varias veces en la pantalla, Wilde construye a su pareja protagonista desde la incomodidad donde hay un neuroticismo que linda entre el cine de Woody Allen y el de Almodóvar, en el que las conversaciones cotidianas adquieren una dimensión casi absurda y los personajes parecen incapaces de procesar con naturalidad aquello que ocurre frente a ellos. El humor nace precisamente de esa incapacidad para decir lo que realmente sienten, de las pequeñas inseguridades y de esa necesidad de encontrar explicaciones racionales para problemas que, en realidad, son emocionales. La película encuentra así un tono ligero sin dejar de lado la incomodidad de observar cómo una relación puede comenzar a quebrarse incluso cuando sus protagonistas todavía intentan convencerse de que todo funciona.

Los espacios también terminan convirtiéndose en una extensión de ese desgaste. La casa, el lugar que debería representar intimidad, comodidad y refugio, pierde progresivamente esas características para convertirse en el escenario donde las tensiones se hacen visibles. Aquello que antes podía funcionar como un espacio seguro ahora se siente claustrofóbico y lleno de ruido visual donde están divididos la pasión de Ángela (las pinturas) y de Joe (el salón de música). Wilde aprovecha esta división de espacios ara mostrar que no siempre necesitamos una gran ruptura para sentir que un lugar dejó de pertenecernos.

Fuente: A24

La película se mueve entre el tono de una discusión a la europea de Cesc Gay y una vibra más neoyorquina que le atribuyo, en buena medida, a Rashida Jones. Existe algo de esa comedia de pareja basada en conversaciones incómodas, silencios y reproches aparentemente pequeños que conserva el espíritu de Sentimental, pero la adaptación adquiere una energía diferente al trasladarse a este contexto. Jones aporta una personalidad más cercana a esa tradición de comedia urbana estadounidense, haciendo que los intercambios se sientan ágiles y espontáneos sin perder la tensión que existe debajo de cada conversación.

Esta pareja novata que aparece como antagonistas del matrimonio en decadencia de los protagonistas, más que mostrarse como el reflejo de una relación menos reprimida que la pareja en crisis, expone que no existen atajos o estrategias infalibles en un matrimonio. Su presencia funciona como una especie de contraste frente a la pareja principal, pero también como recordatorio de que ninguna relación tiene un manual de instrucciones. La experiencia, la juventud o incluso una aparente mayor apertura emocional no garantizan que los conflictos puedan evitarse. Tarde o temprano los problemas aparecen y solo quienes quieren conservar el vínculo sin egoísmo pueden atravesarlos con claridad. En ese sentido, la película evita presentar una fórmula para solucionar una relación y se concentra más bien en algo mucho más sencillo: reconocer cuándo se está intentando salvar al otro o cuándo simplemente se está intentando salvarse a uno mismo.

Olivia Wilde ofrece un simple, pero práctico y, sobre todo, hilarante relato del fin de una relación anunciada, donde se pueden encontrar pequeños vistazos del pasado, pero que acepta que, a veces, los vínculos cumplen sus ciclos. La Invitación no necesita convertir el desgaste amoroso en una tragedia para hablar de la pérdida. Su mayor acierto está precisamente en entender que algunas relaciones no terminan porque alguien haya dejado de querer, sino porque aquello que alguna vez funcionó dejó de hacerlo.


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