La Noche Está Marchándose Ya: en defensa del encuentro
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Quién tiene la culpa de que hoy en día el cine despierte menos interés en el público general que tiempo atrás? Me parece una pregunta válida si se considera que el séptimo arte parece haberse reducido cada vez más a una idea de espectáculo que solo logra dominar la conversación cuando cuenta con los recursos suficientes para llegar a todo el mundo o cuando se apoya en propiedades intelectuales ya conocidas. Esa lógica ha terminado moldeando también los hábitos del espectador más común, cuya curiosidad por descubrir nuevas películas parece haberse ido debilitando. Siempre que tiene la oportunidad, opta por verlas desde la comodidad de su casa, muchas veces solo o, en el mejor de los casos, acompañado por un grupo reducido de personas con las que ya mantiene un vínculo previo.
Esto no siempre fue así. También habría que preguntarse si quienes solemos ser denominados cinéfilos (aquellos que conocemos la obra de distintos directores y compartimos esos intereses con personas afines) seguimos siendo capaces de hacer que otros se sientan realmente bienvenidos dentro de ese mundo. Porque una cosa es formar un nicho en el que todos manejan las mismas referencias y otra muy distinta consiste en abrir las puertas para que nuevas personas puedan acercarse sin sentirse excluidas, recuperando ese carácter comunitario que supone reunirse frente a una gran pantalla. La verdadera pregunta es si todavía somos capaces de transmitir ese entusiasmo por el cine y preservar el valor comunitario que el cine tuvo desde sus orígenes, sobre todo cuando afirmamos amarlo tanto.
Esa pérdida del sentido colectivo, sin embargo, difícilmente pueda atribuirse únicamente a los cinéfilos. También vale la pena preguntarse hasta qué punto responde a un sistema que impulsa formas de vida cada vez más individualizadas, debilita la experiencia compartida y termina reduciendo la curiosidad por aquello que permanece fuera de nuestros hábitos. Probablemente exista una cuota de responsabilidad en cada uno de esos factores. Son precisamente esas inquietudes las que Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas buscan explorar en su ópera prima, La noche está marchándose ya, una cinta que encuentra en el cine un punto de partida para reflexionar sobre un problema mucho más amplio: la desaparición progresiva de espacios de encuentro y la necesidad de recuperar aquello que todavía puede reunirnos.
Resulta igualmente importante comprender desde qué lugar nace esta propuesta. Ambos realizadores son argentinos, específicamente de Córdoba, una ciudad con una profunda tradición cinéfila, donde persiste un fuerte interés por ver películas de manera colectiva sin limitarse a lo que dicta el circuito comercial. Buena parte de esa cultura encuentra su expresión en los cineclubes, ámbitos que ofrecen experiencias muy distintas a las que puede brindar un multicine. Los directores pertenecen precisamente a ese universo. Además de haber pasado años vinculados a esos espacios, ya sea desde la crítica o la programación, han desarrollado una trayectoria dentro del ámbito audiovisual, con Sonzini como montajista y Salinas como director de fotografía. Esa doble experiencia les permite construir un relato nacido de aquello que conocen de primera mano y, al mismo tiempo, indagar en las preguntas que hoy surgen cuando la cultura y el sentido de comunidad parecen encontrarse bajo una amenaza constante.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
La historia gira alrededor de Pelu (Octavio Bertone), un proyectorista del Cineclub Municipal Hugo del Carril que, a raíz de recortes presupuestarios, se ve obligado a abandonar el trabajo que desempeñó durante tantos años para convertirse en guardia de seguridad durante las noches. En un comienzo, esa nueva rutina parece condenarlo a una existencia solitaria. Poco a poco, no obstante, ese aparente aislamiento empieza a transformarse cuando distintas personas aparecen con frecuencia para hacerle compañía y terminan modificando la manera en que se relaciona con ese edificio. Aquello que parecía destinado a convertirse en un trabajo marcado por el silencio y la monotonía comienza a abrir la posibilidad de nuevos vínculos y de aprendizajes que hasta entonces parecían impensados.
Desde sus primeras imágenes, Sonzini y Salinas dejan claro que esa transformación también encuentra un correlato en la puesta en escena. El uso del blanco y negro, acompañado por una textura granulada, remite de inmediato a muchas de las películas que suelen proyectarse en el cineclub, como cintas del Hollywood clásico o, por supuesto, del mismo cine argentino. No es casualidad que una de las primeras proyecciones que vemos sea Los tallos amargos (1956), un noir argentino que, así como otros filmes que aparecerán más adelante, influye en el lenguaje audiovisual de la historia, adoptando, entre otros recursos, ángulos aberrantes y una composición que modifica progresivamente la relación entre Pelu y el edificio que habita.
Una vez convertido en guardia del cineclub, el protagonista empieza a verse cada vez más pequeño dentro de esos encuadres. El edificio funciona inicialmente como una fortaleza, un refugio frente a un mundo exterior que no ha sido especialmente generoso con él, aunque poco a poco comienza a adquirir las características de una cárcel. Pelu termina recluido en un sitio que, si bien le ofrece protección, también pone en evidencia las limitaciones de una vida suspendida entre los recuerdos de aquello que fue y la incertidumbre de lo que todavía podría llegar a ser.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Incluso hay un momento en que Sonzini y Salinas parecen reconocer que ese entorno podría representar el sueño de cualquier cinéfilo: permanecer rodeado de películas cargadas de historia, convivir diariamente con rollos de celuloide y convertir una butaca en el lugar de mayor comodidad imaginable. En un primer momento, esa idea aparece revestida de cierta fascinación y es precisamente entonces cuando comienzan a surgir los verdaderos cuestionamientos que propone la película. ¿Debe ese espacio convertirse únicamente en un refugio privado para personas como Pelu? ¿O sería posible abrir sus puertas a otros que, al igual que él, necesitan encontrar un sitio desde el cual reconstruir sus propias vidas?
Es a partir de esas interrogantes que se nos introduce a las personas que rodearán a Pelu. Entre ellas se encuentra un grupo de trabajadores de la calle y también Vale (Juana Oviedo), una amiga que graba contenido para adultos y que, ocasionalmente, utiliza la sala del cine para realizar ese trabajo. A simple vista, ninguno respondería al estereotipo del cinéfilo tradicional. No obstante, el relato nunca los observa desde esa lógica excluyente. Al contrario, encuentra en ellos una forma de resignificar ese lugar y, sobre todo, de evitar que Pelu permanezca completamente solo.
Si uno se queda únicamente con la superficie de La noche está marchándose ya, podría pensar que se trata de una película sobre el amor al cine, como si fuera una nueva Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, 1988), donde el eje principal consiste en celebrar ese recinto en el que las imágenes cobran vida frente a una pantalla. La propuesta va más bien por otro lado, con el cine funcionando, ante todo, como el punto de partida para desarrollar inquietudes mucho más amplias. Su presencia resulta indispensable para comprender la película, aunque el verdadero interés de Sonzini y Salinas radica en reflexionar sobre una sociedad que ya no es la misma y sobre una forma de relacionarnos con los demás que atraviesa un proceso de transformación constante.
Ese contexto dialoga, además, con una realidad que atraviesa buena parte de la región. Cada vez resulta más frecuente encontrarse con gobiernos que terminan declarando una guerra abierta contra la cultura, viéndola exclusivamente desde un criterio económico y reduciendo su valor a la capacidad de generar ganancias. Bajo esa lógica, un espacio como un cineclub municipal pasa a considerarse prescindible, ya que, al no producir beneficios económicos inmediatos, pareciera no tener motivos para seguir existiendo. La película nunca convierte esa idea en un discurso explícito, aunque sí la incorpora como parte del escenario desde el cual observa la realidad de su protagonista.
Por esa razón adquiere tanta importancia la manera en que Pelu comienza a convivir con estas personas. A medida que esos encuentros se vuelven cotidianos, el cineclub deja de ser únicamente el lugar donde transcurre su rutina para adquirir un significado completamente distinto. Poco importa si quienes llegan hasta allí son cinéfilos o nunca antes habían desarrollado un interés particular por el cine. Lo verdaderamente valioso es que todos encuentran un sitio desde el cual encauzar sus vidas, decir aquello que hasta entonces permanecía guardado, recuperar experiencias que parecían perdidas e incluso descubrir películas que alguien como Pelu quizá haya visto incontables veces, pero que para sus nuevos compañeros representan un mundo completamente desconocido. El cine deja así de ser un conocimiento reservado para unos pocos y recupera su condición de experiencia compartida.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Es ahí donde los cineastas rescatan aquello que los cineclubes alguna vez representaron. Lejos de ser simples salas donde se proyectaban películas, eran espacios de encuentro, conversación y descubrimiento; lugares donde era posible compartir una experiencia artística con otras personas y, al mismo tiempo, abrirse a formas de pensar y de sentir que permanecían fuera del propio horizonte. Esa dimensión comunitaria atraviesa toda la obra, no solo a través de los diálogos o de los acontecimientos narrativos, sino también mediante la forma en que Sonzini y Salinas construyen el ritmo del relato.
Uno de sus mayores aciertos reside en esos momentos de pausa que ambos directores se permiten. Hay numerosos pasajes en los que la narración parece detenerse, invitándonos a dejarnos absorber por el silencio y por los recorridos de Pelu dentro de un edificio que creyó conocer durante tantos años y que empieza a revelarle rincones completamente nuevos. De pronto, aquello que formaba parte de su rutina adquiere un carácter extraño. El cineclub deja entonces de ser únicamente el escenario de su cotidianidad para convertirse en un territorio que todavía conserva posibilidades inesperadas.
Ese cambio termina modificando también la forma en que el protagonista entiende su propia existencia. Durante mucho tiempo creyó que su vida empezaba y terminaba dentro del cineclub. Todo su mundo parecía concentrarse allí. Sin embargo, conforme estrecha lazos con estas nuevas personas, comienza a descubrir que la vida puede comenzar en ese lugar sin necesidad de terminar en él. El cineclub sigue funcionando como punto de partida, aunque deja de ser el único destino imaginable. A través de esos vínculos encuentra dimensiones de la vida que hasta entonces permanecían fuera de su alcance, y esa apertura termina convirtiéndose en uno de los gestos más esperanzadores de toda la película.
Es ahí donde, en mi opinión, reside el mayor logro de La noche está marchándose ya. Con frecuencia se establece una separación muy marcada entre el cine y la realidad, como si el primero existiera únicamente para permitirnos escapar momentáneamente de la segunda. Sonzini y Salinas cuestionan esa idea desde su propia puesta en escena. La realidad que presentan, fotografiada en blanco y negro, no resulta muy distinta de las películas que se proyectan dentro del cineclub. Poco a poco, la frontera entre ambas comienza a desdibujarse hasta sugerir que el cine no constituye un refugio ajeno al mundo, sino otra forma de observarlo, comprenderlo y habitarlo.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Vista desde ese enfoque, la presencia constante de los fantasmas que parecen recorrer el edificio adquiere un significado especial. No se trata únicamente de figuras ligadas a la memoria del lugar, sino de personas que alguna vez ocuparon esas mismas butacas, compartieron funciones con otros espectadores, rieron, lloraron y discutieron sobre lo que acababan de ver. Son las huellas de una experiencia que permanece impregnada en ese recinto y que la película recupera para recordarnos que el cine nunca fue solamente la proyección de una obra sobre una pantalla. Desde sus orígenes implicó reunirse con otros para convertir cada función en una experiencia compartida.
Por eso resulta tan importante que esa reflexión no desemboque en la nostalgia. Los directores no proponen conservar estos espacios únicamente porque representen una tradición cinéfila o porque despierten un afecto especial entre quienes aman el cine. Lo que verdaderamente defienden es la posibilidad de seguir construyendo comunidad. Del mismo modo en que una película puede disfrutarse en compañía de otros, también es desde ese encuentro colectivo que puede protegerse aquello que hace posible la existencia de lugares como este. La comunidad deja entonces de ser únicamente una forma de apreciar el cine para convertirse en la única manera de preservar esos espacios frente a todo aquello que amenaza con desarticularlos.
En ese sentido, resulta revelador que los propios directores hayan señalado en una entrevista que entender la película exclusivamente como una obra de resistencia terminaría volviéndola mucho más solemne de lo que realmente pretende ser. Precisamente por eso, una de sus mayores virtudes consiste en evitar ese camino, permitiéndose ser tan contundente con las ideas que transmite y divertirse en el camino, con un humor similar al de cineastas como Jim Jarmusch o Aki Kaurismäki. Asimismo, tampoco se romantiza la precariedad que atraviesa su protagonista ni mucho menos convierte el amor al cine en un gesto idealizado. Su interés permanece puesto en el presente, en las dificultades concretas que atraviesan sus personajes y en la posibilidad de enfrentarlas con más fuerza cuando las personas consiguen encontrarse entre sí.

