Aquella sombra desvanecía: La parte de nosotros que se queda
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
Aquella sombra desvanecía encuentra en la distancia entre una madre y su hijo una historia sobre la soledad, la migración y todo aquello que uno deja atrás cuando decide irse. El director construye buena parte de la película desde planos largos, silencios incómodos y espacios que parecen demasiado grandes para sus personajes. Hay algo contemplativo en la forma en que los observa, como si la cámara esperara a que alguno de ellos finalmente diga aquello que lleva tanto tiempo guardando. Pero esa distancia también termina siendo parte del conflicto, porque la película parece interesarse más por observar el vacío entre ambos que por explicar exactamente cómo llegaron hasta ahí.
Pienso que la película funciona mejor cuando deja que esos espacios hablen por sí solos. Piura no está solamente como escenario, sino como una presencia que acompaña constantemente a los personajes. El calor, las calles, la arena y esa sensación de ciudad detenida terminan dando forma a una nostalgia que no necesariamente se expresa en los diálogos. Hay una contradicción interesante en esa mirada: el lugar del que uno quiere escapar puede convertirse, con el tiempo y la distancia, en aquello que más termina extrañando. La ciudad se convierte entonces en una especie de memoria, una que permanece incluso cuando los personajes intentan construir una vida lejos de ella.
Fuente: 30 Festival de Cine de Lima
También me interesó cómo la película construye a sus personajes desde cierta fragilidad. Son personas que parecen tener pocas razones para permanecer juntas, pero que encuentran en esa convivencia una forma de acompañarse. La relación entre madre e hijo está llena de cosas que no se dicen y, aunque por momentos sentí que el guion se quedaba corto frente a todo lo que quería contar, esa falta de comunicación también parece ser parte de lo que la película quiere retratar. El problema es que no siempre queda claro si estamos frente a personajes incapaces de expresar lo que sienten o frente a una película que decide no profundizar en ello.
Ahí está también mi principal problema. Hay una apuesta visual bastante clara y algunos planos consiguen darle mucho espacio a personajes que parecen cada vez más pequeños dentro de su propio entorno, pero siento que esa profundidad visual no siempre encuentra el mismo peso en la escritura.
Aun así, hay algo que permanece después de verla. Quizá porque Samuel Urbina entiende que migrar no siempre significa desprenderse de un lugar, sino aprender a convivir con la parte de uno que se quedó ahí. La película no siempre consigue desarrollar con la misma fuerza todas las ideas que plantea, pero encuentra en la distancia, en los silencios y en esos espacios abiertos una manera de hablar sobre una nostalgia que no necesariamente quiere regresar, pero tampoco consigue desaparecer. Y quizás ahí está lo más interesante de la película: en esa sensación de que algunas personas se van para poder empezar de nuevo, pero nunca terminan de dejar atrás aquello que las convirtió en quienes son.

