Sensatez y Sentimiento: El confort de volver al pasado
Fuente: Focus Features
El cine parece encontrarse en un momento en el que tomar riesgos resulta cada vez menos frecuente. Tanto las nuevas voces como las nuevas historias parecen refugiarse en los clásicos del pasado, pero también en la nostalgia de lo que puede considerarse como tiempos mejores a través de la estética o los valores que se anteponen a momentos violentos. En medio de esta tendencia aparece Sensatez y sentimiento (2026), una nueva adaptación de la novela de Jane Austen, dirigida por Georgia Oakley, que no consigue ofrecer una perspectiva renovada sobre la obra.
El principal problema de la cinta radica, precisamente, en aquello en lo que más pretende enfocarse: el paralelismo entre las vidas de las hermanas Dashwood. Por un lado, Elinor reprime sus emociones y procura actuar con sensatez; por otro, Marianne exterioriza sus deseos y se entrega abiertamente al amor y a sus consecuencias. Oakley intenta construir ambas personalidades como líneas narrativas complementarias, pero es en la sutileza de Elinor donde la película encuentra sus mayores aciertos. En contraste, Marianne termina atrapada en una representación melodramática que no logra hacer justicia a la complejidad del personaje.
Resulta particularmente llamativo que Marianne, cuyo vínculo con las artes y las humanidades forma parte esencial de su personalidad, reciba un tratamiento tan accidentado en este aspecto. Sus intereses parecen quedar relegados a un segundo plano, como si la película no supiera cómo integrarlos a su construcción dramática. Elinor, en cambio, encuentra en sus propias contradicciones un terreno mucho más interesante: sus emociones oscilan entre la sensatez y la sensibilidad, entre aquello que siente y aquello que considera correcto expresar. Es precisamente en esa tensión donde el personaje adquiere profundidad y donde el título de la obra encuentra un sentido que trasciende su mera referencia literaria.
Fuente: Warner Bros Pictures
Sin embargo, Oakley parece más preocupada por el acabado visual y decorativo de la película, empeñada en recrear una época cuya idealización está establecida estos años a través del interés en el público a causa de las series y novelas contemporáneas. La atención al vestuario, los espacios y la composición de las imágenes no resulta problemática por sí misma; el inconveniente es que estos elementos terminan imponiéndose sobre la exploración emocional de sus protagonistas. La película parece demasiado comprometida con reproducir la apariencia y las convenciones del cine de época como para encontrar una voz propia dentro de ellas.
Esta nueva adaptación no solo deja pasar la oportunidad de ofrecer una perspectiva renovada sobre el cine de época, sino que también evidencia las limitaciones de una industria que parece confundir la recuperación de los clásicos con la necesidad de volver a contar sus historias sin cuestionar qué pueden decirnos en el presente. Allí donde la novela de Austen y adaptaciones previas como la de Ang Lee encontraban en las contradicciones de sus personajes una reflexión sobre el amor, las convenciones sociales y la represión emocional, la película de Reid parece conformarse con reproducir la superficie de ese universo, sin alcanzar la misma profundidad.
Fuente: Warner Bros Pictures

