La Trilogía de la Memoria de Joel Calero

Fuente: PuntoEdu PUCP | Foto de Camila Mora

El tríptico del cineasta huancaíno Joel Calero empieza en 2017, pero el drama de sus personajes data de mucho más atrás, durante la época de terrorismo y conflicto armado interno. Confío en que los lectores habrán superado las discusiones sobre la terminología. De no ser el caso, ni se molesten. Sigo: en la primera película, La última tarde (2017) los papeles de divorcio que aguardan Laura (Katerina D’Onofrio) y Ramón (Lucho Cáceres) responden a un ajuste de cuentas, una revisión de su propia historia (y la del país, claro está). El guion les permite caminar por Barranco a medida que elabora un tránsito por las calles de la ciudad y de la memoria.

Imagen de: La última tarde (2017)

La diferencia de perspectivas sobre la relación se dibuja en paralelo con la de los protagonistas, ex miembros del MRTA, acerca de su agrupación terrorista. Para ella, fue una separación; para el, un abandono. Lo mismo con la causa revolucionaria. Los casi veinte años que han pasado diluyeron la ilusión de la lucha de clases y otras consignas en ella, mientras que para Ramón fue por camaradas como ella que fracasaron. Así, si bien andan largo tiempo en planos conjunto, luego el montaje deviene en primeros planos y otros movimientos y composiciones que traducen en imágenes la intensidad de las discusiones verbales.

Entiendo la factura de la película, llena de travellings y secuencias, como una forma de representar nuestra memoria/historia: no es recortada o fragmentada, no pasa de un plano al siguiente para olvidarse del anterior, sino resulta algo continuo que no suelta aquello que narra. Es decir, cada situación encadena la siguiente o se prolonga en sí misma, así como los amantes del pasado se reencuentran y luego se acuestan, así como las heridas de ayer siguen presentes hoy y todavía punzan.

Parte del atractivo de la película está en las interpretaciones de D’Onofrio y Cáceres, con cierta química que hace más amenas sus diálogos incesantes, y con una propuesta donde se permite explorar en pantalla discusiones que a veces no tienen lugar en la esfera pública. No podemos, entonces, hacer como si las personas que apoyaron y formaron parte de grupos terroristas ya no existen. Ahí es donde Calero plantea dudas tan polémicas como válidas en búsqueda de cuestionar nuestro pasado. Tengo ciertos reparos con la última escena, bastante noir para mi gusto, pero como dice Ramón, es consecuente. La victoria que no alcanza el MRTA la consigue él, en cierta medida, a través de un tardío polvo con “la mujer burguesa”. Ahí la lucha de clases y la rebelión contra el estado de las cosas (la separación, la derrota).

A Calero se le acusa, torpemente, dicho sea de paso, de “romantizar” o “humanizar” a los terroristas. Al fin y al cabo, guste o no, lo son. Hablar de ellos como si fueran otra cosa que humanos, como si fuesen bestias o seres completamente irracionales les quita responsabilidad sobre los actos atroces que han cometido. En este sentido, es natural que en La piel más temida (2023) una madre llore a su hijo criminal como a veces vemos en las noticias. Son, pues, como en la vida real, hombres que fueron hijos y padres y terroristas. Todo en uno, no facetas separadas.

Imagen de La Piel Más Temida (2023)

En dicha película, Alejandra (Juana Burga) regresa a Perú luego de muchos años para vender una casa y descubre que su padre está vivo y preso por senderista. Así, mediante una protagonista ajena al país y un tanto a su pasado, la narración poco a poco se inmiscuye en desentrañar esa oscuridad que rodea al padre. La examinación del vínculo paterno (y familiar) ligado a la memoria histórica es uno de los componentes claves del cine de Joel Calero. La tragedia del padre es pagar por sus crímenes y por no haber estado presente, y el drama de la protagonista es intentar atar estos cabos sin dimensionar los pecados del padre. “No quiero reclamarle, solo quiero que sepa que soy su hija”, le dice a su abuela Dominga (María Luque).

 Su distanciamiento con el presente y pasado, la realidad, se ve desde el principio, siempre separada de los demás en los encuadres: los asientos en el taxi, la ventanilla donde hace una consulta, la videollamada con la madre, hasta el pórtico de la antigua casa que la aparta del cuidador. Recién la cámara la equipara con otro personaje en planos conjunto cuando aparece su tío Américo (Lucho Cáreces), en su medida también alejado de los hechos del ayer, aunque hace las veces de enlace entre abuela y nieta.

Algo relevante me parece la aparición de Víctor (Amiel Cayo), un camionero que ayuda a Alejandra y Dominga. Su personaje permite sopesar la figura del padre, quien sabemos fue partícipe de una masacre donde asesinaron a 73 personas. La película lo dice, es claro, y no exime al ex senderista de su culpa, pero tampoco lo configura como villano o antagonista, pues a pesar de presentarse inaccesible y literalmente enfermo, hasta “sin alma y sin sentimientos”, como dice Víctor, aún son personas, como dice Dominga. Y el juicio se emite enseguida: Víctor cuenta que se salió de Sendero Luminoso y luego formó una familia. Es decir, aquel que se quedó en la agrupación terrorista dio muerte y el que logró fugarse, vida. Simple.

No basta, entonces, con señalar las tragedias del pasado, sino también indagar en las razones de tales heridas. Así, la última entrega de la trilogía (Calero tiene otro proyecto en mente para volverla una tetralogía) hace énfasis en otro de los actores del conflicto: las fuerzas armadas. Álbum de familia (2024) plantea símbolos bastante claros: a puertas de una nueva vida (nueva generación), un hijo descubre una gran mancha en el pasado de su padre ex militar. La hermana, como mucha gente que hoy prefiere mirar para otro lado le insiste en que lo olvide, que no joda, que son cosas del pasado. Pero Alex (Emanuel Soriano) persiste en desenterrar alguna verdad incómoda.

Imagen de Álbum de familia (2024)

A la par del objeto titular que gatilla la búsqueda del protagonista, la película está planteada con encuadres quietos que remiten a las fotos, con un tratamiento de color en blanco y negro que alberga en sí una escala de grises. No sólo busca acercarse al pasado a través de las imágenes, pues esta escala es tanto cromática como moral. La cámara se moverá después con algunos ataques de pánico de Alex, pero son en esos planos estáticos que se suceden como páginas de un álbum donde la película toma mayor peso.

En los personajes se dibujan distintas poblaciones y opiniones: las que aún hurgan en la memoria, las que quieren sepultarlas y perseguir a los anteriores, las que prefieren enterrar todo y seguir adelante como si no hubiera pasado, las víctimas y sus familiares cuyas pieles guardan los ecos de la violencia. Así, el tránsito que hace Alex para descubrir el pasado oscuro de su padre Germán (Lucho Cáceres) es también uno por las heridas todavía abiertas del país. Su inminente paternidad choca con la idealización que había hecho de su propio padre; es decir, la imagen heroica e impoluta que se busca conservar sobre las fuerzas armadas.

La grieta de la familia es la misma que la del país, hoy todavía sumido en la búsqueda de una narrativa única sobre lo que sucedió en las décadas pasadas y por la cual se pretende atentar contra el Lugar de la Memoria, museo donde Alex es contratado. Así, el hijo que trabaja para el LUM se enfrenta al padre militar en retiro. La contraposición es cristalina. Cuando Alex confronta a Germán, el juego de sombras de intensifica y vemos a un hombre sumergido en luz y oscuridad. Así propone Calero juzgar nuestra historia y nuestros lazos de sangre. El secreto del padre del protagonista es uno escondido bajo escombros, sangre, huesos, injusticia y más. Tal cual los de sus otros personajes en sus distintos filmes. Ahí el balance y el ajuste de cuentas con el pasado nacional, todavía pendiente pero en desarrollo constante.


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Gustavo Vegas

Crítico de cine, comunicador audiovisual y fanático de las películas de vaqueros. Su primer cortometraje pasó por diversos festivales nacionales. Se encuentra trabajando en otro, desde la coescritura y codirección.

@corduroygos | @vicio.propio

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