Cicatrices expectantes y memorias fragmentadas: El cine de Héctor Gálvez

Fuente: Festival de Cine de Lima 2023

Si miramos para atrás, encontraremos espacios rotos, personas reconstruidas, y un país que sigue caminando sobre sus propias cicatrices sin atreverse a revisitar los motivos que causaron las heridas. Es exactamente en esa incomodidad, en ese silencio denso que queda después de la tragedia o en la marginalidad del olvido, donde se instala el cine de Héctor Gálvez.

El dolor en sus historias escapa del estallido o explosión dramática; prefiere instalarse como un estado de latencia. Sus imágenes habitan la resaca de la violencia y la marginación, configurando una geografía compartida al transitar entre Lucanamarca, Paraíso y NN: territorios donde la herida ya fue abierta y lo único que queda es la tarea agotadora de lidiar con los escombros. Gálvez filma los tiempos muertos, la frialdad forense de quienes buscan huesos bajo la arena para armar un cuerpo, y el tedio de jóvenes que gastan los días en los bordes de una ciudad que los ignora por completo. 

Toda su obra parece impulsada por una necesidad -muchas veces literal- de desempolvar la memoria. Los protagonistas de estos relatos comparten una misma condición: están atados a pasados que la sociedad prefiere archivar o enterrar. Al darles un rostro y un paisaje, el director convierte el recuerdo en un peso tangible, en algo que ocupa espacio. Entrar a estas películas implica asumir esa misma carga; sentarse en la sala oscura con la disposición de escarbar en las propias sombras para entender de qué está hecha nuestra historia reciente.

Fuente: Lucanamarca (2008)

El recorrido por las imágenes de Gálvez exige acercarse de manera frontal e iluminar. Su camino descarta pretensiones comerciales, céntricas o estáticas; apunta directamente hacia el desgaste diario del conflicto descentralizado y sus secuelas. Lucanamarca establece esa coordenada fundamental: el horror no termina cuando cesa el fuego, simplemente muta y se instala en la convivencia muda de los sobrevivientes. Esa misma herida respira en Esperaré aquí hasta oír mi nombre, donde la inmovilidad de quienes aguardan justicia se vuelve desesperante, aterradora. La memoria aquí no es un acto de conmemoración cívica, más bien es un móvil para transformar el presente y guardar esperanza por el futuro. La promesa de reparación se pudre y la espera prolongada se convierte en la única forma de resistencia frente a un sistema que apuesta por el cansancio de los deudos. 

La fractura, sin embargo, abandona el ande y se traslada también a la arena y el asfalto de la periferia limeña. Los protagonistas de Paraíso son herederos de ese trauma mudo; gastan las horas caminando sobre ruinas contemporáneas, intentando ensamblar un sentido de pertenencia en un terreno que literalmente se desmorona bajo sus pies. Ese mismo ahogo se encierra entre cuatro paredes en el documental Aula 8. La exclusión toma la forma de un salón de clases nocturno, esquivando cualquier romantización sobre el esfuerzo para enfocarse en el agotamiento de jóvenes y adultos que intentan ganarle un centímetro al fracaso. Las carpetas de ese colegio de noche y los arenales polvorientos son trincheras de la misma condición: la de sobrevivir en un Estado que funciona asumiendo la invisibilidad de sus propios ciudadanos. 

Fuente: Paraiso (2009)

Es en NN donde el discurso de Gálvez alcanza su manifestación más física y sepulcral. La excavación deja de ser una metáfora. Frente a la fosa común, el trabajo mecánico de los antropólogos forenses se quiebra al encontrar un detalle íntimo: una fotografía gastada en el bolsillo de un cuerpo anónimo. Ese hallazgo altera la frialdad de la burocracia de la muerte y la convierte en una urgencia moral. El cadáver sin nombre deja de ser un expediente archivado para convertirse en el espejo de un país fracturado; un cuerpo colectivo que permanece a la intemperie exigiendo que alguien, a pesar de los años y la tierra encima, finalmente pronuncie su identidad. 

Recorrer estas obras en conjunto revela una certeza incómoda: la verdadera tragedia peruana no estalla con ruido, sino que ocurre en un silencio agobiante. Gálvez ha construido una filmografía que funciona como un espejo astillado, devolviéndonos la imagen de una nación obstinada en tapar sus fracturas con tierra para simular que avanza. Al negarse a entregar resoluciones complacientes o finales cerrados, su cine deja en evidencia que el olvido histórico nunca es un accidente ni un simple error burocrático; es una estructura que se sostiene a base de desgaste, diseñada para mantener a los márgenes exactamente en su lugar. 

Asomarse a este universo significa aceptar que los fantasmas de nuestra historia no se conforman con habitar los discursos oficiales ni los expedientes empolvados. Siguen ahí, respirando en la carpeta de un colegio nocturno, arrastrando los pies por un arenal o consumiéndose frente a la puerta de una fiscalía. La obra de Héctor Gálvez trasciende el registro cinematográfico para convertirse en una advertencia constante y vital. Nos deja claro que, mientras sigan existiendo deudos atrapados en la espera y juventudes condenadas a la parálisis, la única forma digna de habitar este país es destruyendo los pesares que nos dejó el pasado, para mirar hacia adelante y construir una sociedad más humana, menos injusta.

Fuente: NN (2014)


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Emiliano Gutarra

Crítico y amante del cine, apasionado también de la literatura y la poesía. Entregado al audiovisual primordialmente como director, guionista y luminotécnico.

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