#AlEste | La mujer insecto (1963): Una condena eterna

Fuente: Festival Al Este

Desde la primera escena advertimos la figura que plantea Shôhei Imamura con respecto a su protagonista, siempre yendo a traspiés y sin rumbo aparente como los insectos. No se trata de un gesto notable ni mucho menos. Es más una advertencia. Vemos entonces el nacimiento de Tome en un hogar pobre, con un padrastro idiota y una madre casi indiferente, abusada por un agente del orden.

Es interesante cómo  Imamura plantea las perversiones familiares que van pasando entre generaciones: El padrastro nunca se acuesta con la madre y duerme siempre con la hija, hasta tienen interacciones incestuosas que unen a esta “pareja” y generan un lazo que parece no querer romperse nunca pese a la oportunidad que tiene Tome de salir por fin del hogar a buscar una mejor vida.

En la casa, donde entran y salen familiares y se forma un coro de opiniones y griteríos, Tome y su padrastro están solos contra el mundo. Imamura presenta a una protagonista orgullosa de servir a su patria, pero que debe también ayudar a su familia, por lo que la mandan a una granja vecina donde termina por ser abusada y embarazada. La historia de la madre se repite y la hija de Tome, Nobuko, ha de crecer sin padre (ni madre, pues esta debe volver a trabajar). Los paralelos continúan: Nobuko duerme también con el padrastro de Tome y tal cual su madre, le pregunta si eso los hace “marido y mujer”.

Aquí la dimensión incestuosa se aborda desde la ternura y humor de una niña.

Fuente: Festival Al Este

Consideremos que cuando Nobuko era recién nacida, Tome necesitaba estimulación para darle de lactar y era el padrastro quien bebía de su pecho para iniciar la cuestión. Esta escena, entre otras, está grabada con una cámara que se ubica entre los matorrales, como espiando lo prohibido, pero después vemos planos cercanos de Tome con un rostro tranquilo cuando debiera estar contrariado, pero su crianza normalizó tales transgresiones. De ahí a que, años más tarde, en una organización religiosa señalen su pecado como el deseo carnal desenfrenado, rastreado hasta el adulterio de su propia madre. Esa característica la lleva a acostarse con el jefe de la fábrica donde termina trabajando y pese a encabezar un gremio de trabajadoras, no llega a nada.

Tome, cual insecto, se cae y se levanta una y otra y otra vez. Hay cierta lectura que plantea Imamura con respecto a la resiliencia de los japoneses para con la desgracia: sin importar las adversidades saben salir adelante. Tras dos bombas y una guerra perdida, el sol vuelve a nacer. Sin embargo, existe otra cara para esa moneda, pues el aparentemente favorable porvenir de Tome es una fachada: en una reunión religiosa conoce a una madame que dirige un prostíbulo y le ofrece trabajo.

La idiosincrasia nipona, según Imamura, es saber salir adelante a toda costa, por encima, debajo y por los costados de la ley, para bien o para mal. 

Los lazos familiares que la vida le suprimió a la protagonista de niña los va encontrando en su vida adulta. La madame surge como una figura materna que la “cuida” y la ofrece como objeto sexual para sus clientes, uno de los cuales se volverá, justamente, la figura paterna. Tome lo llama “papá” incluso, en un juego perverso que mezcla una falsa cercanía sanguínea y un cuidado paternal con el sexo por dinero. La traición de Tome a su patrona rompe esa relación materna y al volverse la nueva patrona certifica su relación con el cliente como “marido y mujer”, como preguntaba de niña a su padrastro. 

Si hay algo donde reparo es en la cantidad de personajes que se introducen y, por lo mismo, el número de sucesos que se añaden a la historia principal: la amiga amante y la hija de este, su posterior esposo, la vida de Nobuko y el padrastro en la granja y más. Quizá esto último ayude a comprender mejor la repetición de los ciclos, pero Imamura llena su película de pequeñas tramas que, sumadas a los saltos temporales, “freeze frames” y narrativas en viñetas sobrecarga un poco la vida endeble de la protagonista. Se podría argumentar, también, que son recursos para enfatizar la dureza con la que el destino y la sociedad tratan a Tome. Es una opción.

Los bucles enfermizos regresan cuando el padrastro está en su lecho de muerte y pide el pecho de Tome una vez más, como si allí estuviera lo último que quiere probar antes de fallecer, en el seno de su hijastra y “mujer”. Imamura filma lo perverso con una delicadeza particular y lo genial está en cómo, desde el inicio inclusive, construye una atmósfera donde aquello es casi normal. Tanto que no sorprende que Nobuko sea la nueva pareja, aunque sea por un rato, del amante de su madre tras la caída de esta como nueva madame, y que hasta lo llame “papá”, además. Todo pareciera repetirse. Hasta un embarazo sin la seguridad de saber quién es el padre, pero ahora con la hija de la protagonista. ¿Le pasará lo mismo a la hija siguiente? ¿Y a la otra? Quién sabe. Ahora, derrotada y extraviada, Tome camina entre el barro como los bichos del principio. 

“La Mujer Insecto” (1963) fue proyectada como parte del Festival de Cine Al Este


Gustavo Vegas

Crítico de cine, comunicador audiovisual y fanático de las películas de vaqueros. Su primer cortometraje pasó por diversos festivales nacionales. Se encuentra trabajando en otro, desde la coescritura y codirección.

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